Apóstoles del Amor de Dios

Apóstoles del Amor de Dios

22 de abril de 2026 Desactivado Por Gospa Chile

«Queridos hijos, ofrezcan a sus pastores la alegría del amor y del apoyo, que mi Hijo ha pedido a ellos dárselos a ustedes…» (Mensaje, 2 de Julio de 2013)

Semana de Oración por las vocaciones


Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas

Señor Nuestro Jesucristo, Tú dijiste a tus Apóstoles: «la mies es mucha pero los obreros pocos; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su campo». Humildemente te suplicamos que envíes a tu Iglesia numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Te lo pedimos por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, y por la de nuestros Santos Patronos y Protectores, que con su vida y merecimientos santificaron nuestro suelo. Amén.


Mensaje, 2 de julio de 2013

“Queridos hijos, con amor materno les ruego: entréguenme sus corazones para poder ofrecerlos a mi Hijo y liberarlos, liberarlos de todo aquel mal que, cada vez más, los aprisiona y los aleja del único bien, de mi Hijo, liberarlos de todo lo que los lleva por el camino equivocado y les quita la paz. Yo deseo conducirlos a la libertad prometida por mi Hijo, porque quiero que aquí se cumpla plenamente la voluntad de Dios. Para que por medio de la reconciliación con el Padre Celestial, a través del ayuno y la oración, nazcan apóstoles del amor de Dios, apóstoles que, libremente y con amor, difundirán el amor de Dios a mis hijos, apóstoles que difundirán el amor de la confianza en el Padre Celestial, y abrirán las puertas del Paraíso. Queridos hijos, ofrezcan a sus pastores la alegría del amor y del apoyo, que mi Hijo ha pedido a ellos dárselos a ustedes. ¡Les agradezco!”


San Juan Pablo II:

Mi­nistros del sacrificio sacramental de Cristo

«Nuestro sacerdocio sacramental, pues, es sacerdocio “Je­rárquico” y al mismo tiempo “ministerial. Constituye un ministe­rium particular, es decir, es “servicio” respecto a la comunidad de los creyentes. Sin embargo, no tiene su origen en esta comuni­dad como si fuera ella la que “llama” o “delega”. Este es en efecto, don para la comunidad y procede de Cristo mismo, de la plenitud de su sacerdocio. Tal plenitud encuentra su expresión en el he­cho de que Cristo haciéndonos a todos idóneos para ofrecer el sacrificio Espiritual, llama a algunos y los capacita para ser mi­nistros de su mismo sacrificio sacramental, la Eucaristía, a cuya oblación concurren todos los fieles y en la que se insertan los sacrificios Espirituales del Pueblo de Dios.
Conscientes de esta realidad comprendemos de qué modo nuestro sacerdocio es jerárquico”, es decir, relacionado con la potestad de formar y dirigir el pueblo sacerdotal «y precisamen­te por esto, “ministerial. Realizamos esta función mediante la cual Cristo mismo “sirve” incesantemente al Padre en la obra de nues­tra salvación. Toda nuestra existencia está y debe estar impreg­nada profundamente por este servicio, si queremos realizar de manera real y adecuada el Sacrificio eucarístico in persona Christi.
El sacerdocio requiere una peculiar Integridad de vida y de servicio, y precisamente esta integridad conviene profundamen­te a nuestra identidad sacerdotal. En ella se expresa al mismo tiempo, la grandeza de nuestra dignidad y la “disponibilidad” adecuada a la misma: se trata de humilde prontitud para acep­tar los dones del Espíritu Santo y para dar generosamente a los demás los frutos del amor y de la paz, para darles la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos.» (Carta al Clero Jueves Santo. 1979)


Somos débiles e imperfectos

De Dom Columba Marmión, O.S.B. Jesucristo, ideal del sacerdote

«Hay quien lee la Sagrada Escritura y no encuentra en ella nada que le invite a orar. Pero si la leemos con humildad, como hijos de Dios, la luz de la divina palabra iluminará nuestra alma y la impulsará a una ferviente oración.
En este atrio debemos entretenernos en contemplar la persona de Jesucristo y los misterios de su vida, para lo cual encontraremos una eficaz ayuda en la liturgia.
Cuando meditamos en las palabras y en las acciones de Jesucristo, Dios se complace en darnos sus gracias, porque el solo recuerdo de Jesucristo es ya de por sí santificador.
Debéis meditar en las escenas del Evangelio como si en realidad estuvieseis junto al Señor, como si escuchaseis con vuestros oídos sus palabras o como si le vieseis con vuestros propios ojos. Arrodillaos con los pastores ante el pesebre; adoradle en Nazaret, en su vida oculta, con María y con José; uníos al grupo de los apóstoles para acompañarle en sus correrías, recoged sus benditas palabras, prosternaos ante Él en el lavatorio de los pies y en la Cena. En el huerto de los olivos, a lo largo del drama de la pasión y, sobre todo, al pie de la cruz, contemplad a Jesucristo. ¡Es vuestro Dios! Escuchad sus últimas palabras… ¿No es verdad que a cada uno de nosotros nos dice: «Si yo ofrezco mi vida es por el amor que te tengo»? Este pensamiento arrebataba a San Pablo hasta hacerle exclamar: «Me amó y se entregó por mí» (Gal., II, 20). La persona de Jesús, contemplada en todos los pasos de su vida, desde la infancia hasta su resurrección, «irradia constantemente una virtud santificadora»: Virtus de illo exibat et sanabat omnes (Lc., VI, 19).
Fijemos en Él nuestra mirada con espíritu de fe para tratar de imitar sus virtudes, «no sólo en lo exterior, sino, sobre todo, en su espíritu interior»: Ut per eum quem similem nobis foris agnovimus intus reformari mereamur [Oración de la octava de la Epifanía].»


Ofrecimiento diario de sí mismo por las vocaciones sacerdotales

Oh Jesús, Salvador mío, Tú que confiaste a los sacerdotes, -y solamente a ellos-, el poder de celebrar la Eucaristía, fin principal de su ordenación sacerdotal, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos, predicar con autoridad la Palabra de Dios y dirigir a los demás fieles a mirar y a subir hacia Ti, por medio de tu Santísima Madre, te ofrezco para la santificación de los sacerdotes y seminaristas, durante este día, todas mis oraciones, trabajos y alegrías, mis sacrificios y sufrimientos. Danos, Señor, sacerdotes verdaderamente santos que, inflamados del fuego de Tu amor, no procuren otra cosa que Tu gloria y la salvación de aquellos a los que Tú encomendaste. Amén.


Voy a rezar en particular por esos muchachos que conozco, que tal vez puedan recibir la vocación sacerdotal, y responder a la llamada de Dios: Mira Jesús, tu Iglesia y el mundo necesitan hombres generosos que se entreguen a Ti para ser apóstoles tuyos. Elige a los que quieras; llama y da la valentía de dejarlo todo y seguirte para ser sembradores de tu doctrina de amor y portadores de tu salvación. Amén.