Entre la intriga y la paz
«Al que Dios quiere ayudar no le podrá dañar la malicia de alguno…»
Por Carmen Hernández (QEPD)
Artículo del 26 de Marzo del 2024
«No te importe mucho quién está por ti o contra ti, sino busca y procura que esté Dios contigo en todo lo que haces». La afirmación la hace el Kempis, desde la plataforma de la propia experiencia.
Pues brota de la fortaleza interior que le concedió Dios al religioso, en medio de una persecución desde la tibieza de corazones seducidos, que se enfrentaban a la virtud de quien les molesta con su presencia y ejemplo.
No faltó el juicio temerario de quien tuvo al virtuoso fraile por rigorista y voluntarista.
Pero es más trágico reconocer que quien experimenta celos, envidia o resentimiento por no tener la admiración o respeto de los demás es quien vive el peor de los dramas.
El fraile, frente a estos casos, tiene el remedio a la mano, para la tribulación injusta que le toca padecer: refugiarse en la paz de Cristo.
Pero sus persecutores enceguecidos por ira o despecho, se encentran en el drama de que no ceden a la esperanza. Es posible que sigan profesando racionalmente o habitualmente la Fe y los preceptos, pero el corazón torcido no los proclama. Los mira pero no ama ni abraza el Credo y los mandamientos, solo los alude en la medida que le convienen para vanagloriarse o defender su posición estratégica.
Esta situación es la misma de los viñadores homicidas que prefirieron la heredad pero no solo despreciaron al dueño de la viña sino que mataron hasta el heredero:
«Todavía le quedaba uno, su hijo amado; y lo envió por último a ellos, pensando: «A mi hijo lo respetarán». Pero aquellos labradores se dijeron: «Éste es el heredero. Vamos, lo mataremos y será nuestra la heredad».» (Mc 12, 1-12)
Cuantas veces se quiere ostentar lo que no es propio y cuando no se permite hacerlo, se reacciona con las armas de las tinieblas.
Viene a la memoria la queja de una damisela, responsable de la administración de un antiguo templo, lugar histórico de piedad y devoción, en medio de tierras de misión y de conflictos armados. La queja continua era, porque a los propios y cercanos de su entorno familiar, el Señor no les había otorgado la Fe que Ella había recibido de sus ancestros. Gran parte de su familia se había sumergido en la incredulidad y la idolatría de moda.
Pero analizando la conducta histórica de la damisela, era temida por sus tramas e intrigas. Temían cruzarse por su camino. Quien podía colocar en peligro su dominio, terminaba siendo objeto de sus desacreditaciones y temerarios juicios.
El Santo Padre nos recuerda estas verdades cuando reflexionaba:
«La victoria de los israelitas sobre los filisteos gracias a la valentía del joven David (1 Samuel 4,8). La alegría de la victoria se transforma enseguida en la tristeza y en los celos del rey Saúl ante las mujeres que alaban a David por haber matado a Goliat. Entonces “esa gran victoria, afirma Papa, comienza a convertirse en derrota en el corazón del rey” en el que se insinúa, como sucede a Caín, “el gusano de los celos y de la envidia”. Y como Caín con Abel, el rey decide asesinar a David.»
Nada más parecido a la tentación del pecado original con el que la serpiente encadenó el corazón de Eva: «La serpiente dijo a la mujer: «No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal». (Gén. 3, 4-5)
Por lo mismo, la sentencia descrita por Tomás de Kempis (Imitación de Cristo 2, 2-3), es evidentemente ruta segura, evangelio vivido y acción del Espíritu Santo, que concede la Cruz de Cristo a quienes prefieren la paz del Redentor y no la del mundo.
Meditemos con atención el Kempis (Imitación de Cristo 2,2-3):
«No te importe mucho quién está por ti o contra ti, sino busca y procura que esté Dios contigo en todo lo que haces.
Ten buena conciencia y Dios te defenderá.
Al que Dios quiere ayudar no le podrá dañar la malicia de alguno.
Si sabes callar y sufrir, sin duda verás el favor de Dios.
Él sabe el tiempo y el modo de librarte, y por eso te debes ofrecer a él.
A Dios pertenece ayudar y librar de toda confusión.
Algunas veces conviene mucho, para guardar mayor humildad, que otros sepan nuestros defectos y los reprendan.
Cuando un hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los otros y sin dificultad satisface a los que lo odian. Dios defiende y libra al humilde; al humilde ama y consuela; al hombre humilde se inclina; al humilde concede gracia, y después de su abatimiento lo levanta a gran honra.
Al humilde descubre sus secretos y lo atrae dulcemente a sí y lo convida.
El humilde, recibida la afrenta, está en paz, porque está en Dios y no en el mundo.
No pienses haber aprovechado algo, si no te estimas por el más inferior a todos.
Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros.
El hombre pacífico aprovecha más que el muy letrado.
El hombre apasionado aun el bien convierte en mal, y de ligero cree lo malo.
El hombre bueno y pacífico todas las cosas echa a buena parte.
El que está en buena paz de ninguno sospecha.
El descontento y alterado, con diversas sospechas se atormenta; ni él sosiega ni deja descansar a los otros.
Dice muchas veces lo que no debiera, y deja de hacer lo que más le convendría.
Piensa lo que otros deben hacer, y deja él sus obligaciones.
Ten, pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo. Tú sabes excusar y disimular muy bien tus faltas y no quieres oír las disculpas ajenas.
Más justo sería que te acusases a ti, y excusases a tu hermano.
Sufre a los otros si quieres que te sufran.»
Por Carmen Hernández (Madre del Padre Patricio Romero y fallecida el 8 de Abril del 2026)
