Entregadme vuestros corazones. Semana de Oración por las vocaciones
«Yo los llenaré de amor hacia mi Hijo. Su amor dará sentido a vuestra vida y yo caminaré con vosotros…» (Mensaje, 2 de octubre de 2013)
Semana de Oración por las vocaciones
Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas
Señor Nuestro Jesucristo, Tú dijiste a tus Apóstoles: «la mies es mucha pero los obreros pocos; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su campo». Humildemente te suplicamos que envíes a tu Iglesia numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Te lo pedimos por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, y por la de nuestros Santos Patronos y Protectores, que con su vida y merecimientos santificaron nuestro suelo. Amén.
Mensaje, 2 de octubre de 2013
“Queridos hijos, os amo con amor materno, y con paciencia maternal espero vuestro amor y vuestra unidad. Oro, para que seáis la comunidad de los hijos de Dios, de mis hijos. Oro, para que como comunidad os vivifiquéis gozosamente en la fe y en el amor de Mi Hijo. Hijos míos, os reúno como mis apóstoles y os enseño cómo dar a conocer a los demás el amor de mi Hijo, cómo llevar a ellos la Buena Nueva, que es mi Hijo. Entregadme vuestros corazones abiertos y purificados y yo los llenaré de amor hacia mi Hijo. Su amor dará sentido a vuestra vida y yo caminaré con vosotros. Estaré con vosotros hasta el encuentro con el Padre Celestial. Hijos míos, se salvarán solo aquellos que con amor y fe caminan hacia el Padre Celestial. ¡No tengáis miedo, estoy con vosotros! Tened confianza en vuestros pastores, como la tuvo mi Hijo cuando los eligió, y orad para que ellos tengan fuerza y amor para guiaros. ¡Os doy las gracias!”
San Juan Pablo II:
El tesoro del Celibato
«El celibato es precisamente un “don del Espíritu”. Un don semejante, aunque diverso, se contiene en la vocación al amor conyugal verdadero y fiel, orientado a la procreación según la carne, en el contexto tan amplio del sacramento del Matrimonio. Es sabido que este don es fundamental para construir la gran comunidad de la Iglesia, Pueblo de Dios. Pero si esta comunidad quiere responder plenamente a su vocación en Jesucristo, será necesario que se realice también en ella, en proporción adecuada, ese otro “don”, el don del celibato “por el Reino de los Cielos. El celibato “por el Reino” no es sólo un “signo escatológico sino porque tiene un gran sentido social en la vida actual para el servicio del Pueblo de Dios. El sacerdote, con su celibato, llega a ser “el hombre para los demás”, de forma distinta a como lo es uno que, uniéndose conyugalmente con la mujer, llega a ser también él, como esposo y padre, “hombre para los demás” especialmente en el área de su familia: para su esposa, y junto con ella, para los hijos, a los que da la vida. El Sacerdote, renunciando a esta paternidad que es propia de los esposos, busca otra paternidad y casi otra maternidad, recordando las palabras del Apóstol sobre los hijos, que él engendra en el dolor (38). Ellos son hijos de su espíritu, hombres encomendados por el Buen Pastor a su solicitud. Estos hombres son muchos, más numerosos de cuantos pueden abrazar una simple familia humana. La vocación pastoral de los sacerdotes es grande y el Concilio enseña que es universal: está dirigida a toda la Iglesia(39) y, en consecuencia, es también misionera.
Normalmente, ella está unida al servicio de una determinada comunidad del Pueblo de Dios, en la que cada uno espera atención, cuidado y amor. El corazón del Sacerdote, para estar disponible a este servicio, a esta solicitud y amor, debe estar libre. El celibato es signo de una libertad que es para el servicio. En virtud de este signo, el sacerdocio jerárquico, o sea ministerial”, está según la tradición de nuestra Iglesia más estrechamente ordenado al sacerdocio común de los fieles..» (Carta al Clero Jueves Santo. 1979)
Alegría Sacerdotal, Comunión Eucarística
De Dom Columba Marmión, O.S.B. Jesucristo, ideal del sacerdote
«La alegría espiritual, que tanta importancia tiene en nuestra vida sacerdotal, es otra de las gracias que nos proporciona la Eucaristía, por más que sean muy pocos los que reparan debidamente en ella.
La sagrada comunión es un inmenso manantial de la más pura, íntima y sólida alegría. Dios es la felicidad por esencia y todo el bien que se encuentra en la creación no es sino un reflejo, una sombra de esta felicidad infinita. Es tan grande la alegría que se experimenta en el cielo, que San Pablo nos dice que «ni el ojo vio, y ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman» (I Cor., II, 9).
La unión eucarística nos comunica no ya una emanación de esta felicidad celestial, sino a su mismo Autor, que viene a nosotros con todas sus incomparables riquezas. Santa Rosa de Lima decía que en el momento de comulgar le parecía que el mismo sol entraba en su alma [Acta Sanctorum, 39. Augusti, V, pág. 958]. Y puede decirse con toda verdad que, así como en la creación el sol es fuente de luz, de vida y de crecimiento, así también en la intimidad del alma este Jesús a quien recibimos en la sagrada comunión es la fuente de esta alegría siempre floreciente y de este coraje que no conoce el abatimiento que constituyen la fuerza que sostiene al cristiano.
No hablo ahora de los consuelos sensibles, sino de aquella esperanza, de aquel entusiasmo que hacía exclamar a San Pablo: «Reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones» (II Cor., VII, 4). Esta alegría sobrenatural era la que hacía que los mártires sonrieran y cantaran en medio de los suplicios. Era que antes de salir a la arena del anfiteatro se habían fortalecido con el banquete de las bodas del Cordero, era que habían comulgado.»
Ofrecimiento diario de sí mismo por las vocaciones sacerdotales
Oh Jesús, Salvador mío, Tú que confiaste a los sacerdotes, -y solamente a ellos-, el poder de celebrar la Eucaristía, fin principal de su ordenación sacerdotal, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos, predicar con autoridad la Palabra de Dios y dirigir a los demás fieles a mirar y a subir hacia Ti, por medio de tu Santísima Madre, te ofrezco para la santificación de los sacerdotes y seminaristas, durante este día, todas mis oraciones, trabajos y alegrías, mis sacrificios y sufrimientos. Danos, Señor, sacerdotes verdaderamente santos que, inflamados del fuego de Tu amor, no procuren otra cosa que Tu gloria y la salvación de aquellos a los que Tú encomendaste. Amén.
Voy a rezar en particular por esos muchachos que conozco, que tal vez puedan recibir la vocación sacerdotal, y responder a la llamada de Dios: Mira Jesús, tu Iglesia y el mundo necesitan hombres generosos que se entreguen a Ti para ser apóstoles tuyos. Elige a los que quieras; llama y da la valentía de dejarlo todo y seguirte para ser sembradores de tu doctrina de amor y portadores de tu salvación. Amén.

