Homilía Navidad. Alegrémonos todos en el Señor
«Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo»
Padre Patricio Romero
Ante todo, nos preguntamos: ¿Cuál es la primera reacción ante esta extraordinaria acción de Dios que se hace niño, que se hace hombre?
No puede ser otra que la alegría. «Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro Salvador ha nacido en el mundo»: así comienza la Misa de la noche de Navidad, y acabamos de escuchar las palabras del ángel a los pastores: «Os anuncio una gran alegría» (Lc 2, 10). Es el tema que abre el Evangelio, y es el tema que lo cierra porque Jesús Resucitado reprende a los Apóstoles precisamente por estar tristes (cf. Lc 24, 17) —incompatible con el hecho de que él permanece Hombre por la eternidad—.
¿De dónde nace esta alegría? preguntaba Benedicto XVI:
Nace del estupor del corazón al ver cómo Dios está cerca de nosotros, cómo piensa Dios en nosotros, cómo actúa Dios en la historia; es una alegría que nace de la contemplación del rostro de aquel humilde niño, porque sabemos que es el Rostro de Dios presente para siempre en la humanidad, para nosotros y con nosotros.
Y es que si las ciencias dicen que la mente humana solo se delecta completamente en la verdad y por eso esta en continua búsqueda racional de la verdad, de los argumentos y de la certeza; y la voluntad se colma y complace verdadera en la obtención de un verdadero bien, que mientras mas le pertenezca y inunde en el interior por el amor de ese bien, más le plenifica; entonces podemos reconocer que Dios, conociendo las heridas del pecado y las dificultades que nos ponemos con nuestro orgullo para ir creciendo en el conocer y amar lo bueno y lo verdadero, el mismo viene a liberarnos, restaurarnos y donarse el mismo como sumo bien y auténtica verdad, haciéndose tangible a nuestros sentidos y accesible a nuestra alma por medio del Espíritu Santo.
El Verbo se encarna y nace para pagar con su sangre la deuda de pecado que nuestra sangre pecadora no puede alcanzar a saldar, pagar y restaurar, pero también Nace para colmarnos nuestra humanidad de su presencia cercana no solo a modo divino sino también a modo humano.
Pero también en esta escena resplandece por la luz del nacimiento, la virtud de la Maternidad en María Inmaculada, donde ha sido restaurada la maternidad, de quien no solo regala sus entrañas para forjar la vida concebida y que sustenta y se consagra como ofrenda constante por el bien supremo del hijo, el unión radical de la voluntad y el corazón, que le dio impulsos inmaculados al corazón de su Hijo Jesús quien le había dado en el eterno plan redentor el impulso del Espíritu Santo para que fuese santa e inmaculada.
También resplandece la paternidad virginal de san José que desposado se une con María con el corazón a la voluntad de Dios, decidido a consumar en pureza su amor esponsal y a vivir la paternidad virginal ofrendando su vida en la protección del Niño Dios, de su esposa y madre, y la Iglesia y su misión.
Dice Benedicto XVI: Dios es el bien, la vida, la verdad del hombre y se abaja hasta el hombre, para elevarlo hacia él: Dios se hace tan cercano que se lo puede ver y tocar.
El lejano —Dios parece lejanísimo— se hizo cercano; «el inaccesible quiere ser accesible; él, que existe antes del tiempo, comenzó a ser en el tiempo; el Señor del universo, velando la grandeza de su majestad, asumió la naturaleza de siervo» —exclama san León Magno— (Sermón 2 sobre la Navidad, 2.1). En ese Niño, necesitado de todo como los demás niños, lo que Dios es: eternidad, fuerza, santidad, vida, alegría, se une a lo que somos nosotros: debilidad, pecado, sufrimiento, muerte.
Dios ha querido tener vida humana para mirarnos, escucharnos, abrazarnos con todas sus potencias divinas pero también con toda su capacitad humana, para poder abrazarnos y acariciarnos con la ternura de su sagrado corazón de niño, que late de entusiasmo por vernos el rostro naciendo de las entrañas de María Santísima.
Debo comentar una experiencia en una parroquia, cuando en este tiempo de navidad luego que una catequista explicaba a sus niños que el Niño Dios estaba vivo en el Santísimo, en el Sagrario, los Niños pasaban largo tiempo rezando en el Sagrario, la catequista que aun vive, se acerco a dar gracias al Santísimo en esa Navidad, y comenzó a escuchar el palpitar de un corazón, que cada vez que se acercaba al Sagrario el palpitar se intensificaba. Impactada llamó a su párroco y este a un médico conocido que indicó que el palpitar correspondía a un Niño recién nacido. También el sacerdote y el médico recibieron el mismo regalo, nadie más. Y cada Navidad los tres hasta el día de hoy experimentan el mismo regalo del cielo. Escuchar el corazón del Niño Dios presente en el Santísimo.
San Jerónimo se encontraba en plena oración en la gruta de Belén, cuando el Niño Jesús apareció súbitamente y le preguntó:
«Jerónimo ¿Qué me vas a regalar en mi cumpleaños?».
El santo, sorprendido por el prodigio le contestó: «Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca».
A lo que el Niño Jesús respondió: «¿Y ya no me regalas nada más?».
Desconcertado, el ya anciano San Jerónimo le dijo: «Oh mi amado Salvador por Ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por Ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras… ¿Qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti».
Entonces Jesús le respondió, «Jerónimo: regálame tus pecados para perdonártelos».
Al escuchar esto, San Jerónimo comenzó a llorar de emoción y le dijo:
«¡Loco tienes que estar de amor, cuando me pides esto!».
Allí el santo se dio cuenta de que lo que más desea Dios es que nos acerquemos confiadamente a Él, y le ofrezcamos un corazón humillado y arrepentido poniéndolo en las manos de su Divina Misericordia.
Feliz Navidad
Atte. Padre Patricio Romero
