Mes al Inmaculado Corazón de María Santísima Reina de la Paz
Y al infante Corazón del Niño Dios Dia 2
ORACIÓN AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
(Dictada por la Virgen María Reina de la Paz a Jelena Vasilij el 28 de noviembre 1983)
Oh Corazón Inmaculado de María, lleno de bondad, muéstranos tu amor. Que la llama de tu Corazón, María, descienda sobre todos los hombres. Nosotros te amamos inmensamente. Imprime en nuestro corazón el verdadero amor, así tendremos un deseo continuo por Ti. Oh María, dulce y humilde de corazón, acuérdate de nosotros cuando caemos en pecado. Tú sabes que todos los hombres pecan. Concédenos por medio de tu Corazón Inmaculado, ser curados de toda enfermedad espiritual. Haz que siempre podamos contemplar la bondad de tu Corazón maternal y por medio de la llama de tu Corazón haz que nos convirtamos. Amén.”»
«Dios, Padre nuestro, Te damos gracias por habernos dado a Tu Hijo, Jesucristo, y haberlo enviado a este mundo como nuestro Mesías, nuestro Salvador y Redentor. Te damos gracias por Su Pasión, Su Cruz, Su Muerte y Su Resurrección. Danos la gracia de poder acercarnos más a El en este tiempo, para que podamos comprender Su amor inconmensurable y que Su amor nos conmueva de tal modo que cambie nuestro corazón. Junto con María, Te pedimos, oh Padre, la gracia y la fortaleza de renunciar a todo lo que dificulta u obstaculiza nuestro caminar hacia Ti, hacia María, hacia la Iglesia y hacia la gente que nos rodea. Te pedimos también la fuerza, oh Padre, de vivir nuestros pequeños sacrificios, a fin de que podamos seguir a Jesús. Danos Tu Espíritu de Sabiduría y Amor para que podamos ser capaces también de meditar y concentrarnos en lo que es importante en la vida y seamos así testigos de Tu amor. Te pedimos, oh Padre, el don de la fe para todos los que la han perdido y especialmente para quienes, a causa del sufrimiento, han perdido la fe y la esperanza…» (Fray Slavko Barbaric, Medjugorje, Febrero 27 de 1998)
La palabra “corazón”, en la Biblia, implica la totalidad de la persona humana, su ser íntimo e irrepetible, el centro de la existencia humana, el lugar donde confluyen la razón, la voluntad, el temperamento y la sensibilidad, en el cual la persona encuentra su unidad y su orientación interior.[1] Así también lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica en el numeral 368: “La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de ‘lo más profundo del ser’ (Jr 31, 33), donde la persona se decide o no por Dios”.
En el caso del Corazón de la santísima Virgen María, designa la persona misma de la Madre de Dios, su “ser” íntimo y único, el centro y la fuente de su profunda vida interior: del entendimiento, de la memoria, de la voluntad y del amor; la actitud indivisa con que amó a Dios y a los hermanos y se entregó intensamente a la obra de salvación del Hijo.[2] Así las cosas, acercarse a su Corazón Inmaculado implica un impulso en el propio ser para que nuestro corazón entre en sintonía con el de la Madre de Dios y podamos pronunciar como Ella: “¡Hágase!” (Lc 1, 38).
El evangelista san Lucas (2, 19. 51) nos presenta a María como aquella que guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón. Esto nos da a entender que el corazón de María se convierte en una excelente cuna para la meditación cristiana acerca los misterios del Señor Jesús, y como lo diría san Juan Pablo II en la carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, en el corazón de la Madre siempre buscamos el fruto de su vientre (cf. n. 24) y aprendemos con Ella a contemplar el rostro de Jesús (cf. n. 3).
Mensaje, 5 de abril de 1984
“¡Queridos hijos! Esta tarde los invito a honrar de manera especial el Corazón de mi Hijo Jesús. Hagan penitencia para reparar las heridas infligidas al Corazón de mi Hijo. Este Corazón es herido con cada pecado grave. Gracias por haber venido esta tarde!”
Con la Reina de la Paz digamos al Sagrado Corazón de Jesús:
Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven.
¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro!, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los frágiles, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer.
Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón; socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón. Vos lo alentasteis y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: «Venid a mí, aprended de mí, pedid, llamad…» A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues hoy, y llamo y pido y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal, y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén
