Mes al Inmaculado Corazón de María Santísima Reina de la Paz
Y al infante Corazón del Niño Dios Dia 9
ORACIÓN AL CORAZÓN INMACULADO DE MARÍA
(Dictada por la Virgen María Reina de la Paz a Jelena Vasilij el 28 de noviembre 1983)
Oh Corazón Inmaculado de María, lleno de bondad, muéstranos tu amor. Que la llama de tu Corazón, María, descienda sobre todos los hombres. Nosotros te amamos inmensamente. Imprime en nuestro corazón el verdadero amor, así tendremos un deseo continuo por Ti. Oh María, dulce y humilde de corazón, acuérdate de nosotros cuando caemos en pecado. Tú sabes que todos los hombres pecan. Concédenos por medio de tu Corazón Inmaculado, ser curados de toda enfermedad espiritual. Haz que siempre podamos contemplar la bondad de tu Corazón maternal y por medio de la llama de tu Corazón haz que nos convirtamos. Amén.”»
«Dios, Padre nuestro todopoderoso, todos nosotros conscientemente Te damos gracias durante este mes porque eres nuestro Dios, porque eres nuestro Padre, por habernos enviado a Tu Hijo a salvarnos, por habernos enviado Tu Espíritu para santificarnos. Te damos gracias, oh Padre, por habernos revelado Tu santo nombre y por darnos la oportunidad de crecer en el amor, la fe, la esperanza, la bondad, la verdad y la paz y poder glorificarte de este modo. Te damos gracias por habernos permitido vivir en Tu gloria y en Tu presencia y, haciéndolo así, nos has dado Tu amor y Tu gozo. Gracias por habernos enviado a María que incansablemente nos visita día a día en Tu nombre y que ora por nosotros. Te damos gracias por habernos hecho más patente Tu presencia a través de su presencia entre nosotros. Te pedimos la gracia de llegar a ser y permanecer uno con Ella y Contigo, que nada nos separe de Ti. Te pedimos la gracia de que podamos glorificar Tu nombre en nuestras familias, en nuestras comunidades y en el mundo entero…» (Fray Slavko Barbaric, Medjugorje, Mayo 29 de 1997)
Conversión, otro mensaje fundamental que María repite una y otra vez, significa apartarse del mundo, de uno mismo, del pecado, de lo que es oscuridad y regresar a Dios y a Su luz. Significa apartarse del odio y volverse al amor, apartarse de la codicia y la avaricia, y volverse a la misericordia y la generosidad. María menciona aquí el odio las blasfemias. El odio es en realidad una condición negativa del alma de una persona que surgió a causa de las heridas que ha recibido. Así encontramos odio cada vez que las personas son heridas e incapaces de perdonar. Tristemente, en ese camino también puede encontrarse el odio incluso en los corazones de los hijos hacia sus padres, en los corazones de los padres hacia sus hijos y en los corazones de las esposas y los esposos hacia sus cónyuges. Siempre que encontramos a una persona herida, ahí está brotando la fuente del odio. El odio es entonces una condición en la que se desarrollan fuerzas negativas y se da la voluntad de destruir la propia vida y la de los demás. Es el odio lo que causa todas las guerras y todas las demás formas de violencia. Es esa fuerza terrible y destructora, causada por heridas que no pueden sanar a causa de la falta de perdón. Dios desea sanar nuestros corazones y María pide y quiere de nosotros que oremos por los que se han vuelto ciegos y sordos a causa del odio y por tanto, ya no ven ni escuchan nada, y sólo quieren destruir. Ésta es una de las tareas más urgentes que María nos ha dado en estos tiempos oscuros.
Las blasfemias son también fruto del odio. La gente blasfema contra Dios y contra lo que es sagrado, contra la gente, y esto incluye toda maldición, reniego y todas las demás formas de expresar verbalmente el odio. Santiago Apóstol dice en su carta: «Si alguno no cae hablando, es un hombre completo…». Por tanto, la blasfemia brota de un corazón impuro y herido en el que se desarrollan sentimientos negativos que después, en forma de palabras, son usados para seguir hiriendo a otros. Debemos ser muy conscientes también que nosotros somos responsables por los que blasfeman — en el sentido de que estamos obligados siempre a orar por ellos con la intención de que lleguen a experimentar el amor y la misericordia de Dios, que sean conmovidos profundamente por los Corazones de Jesús y de María para que su propio corazón se abra al bien y a la misericordia. Así, finalmente sus palabras podrán ser sólo usadas para el bien y la oración nacerá entonces en su corazón resucitado. Es esta responsabilidad lo que María nos da en este mensaje.
Fray Slavko Barbaric, Marzo 29, 1999
Mensaje, 25 de marzo de 1999
“¡Queridos hijos! Los invito a la oración de corazón. De manera especial, hijitos, los invito a que oren por la conversión de los pecadores, de aquellos que con la espada del odio y sus blasfemias cotidianas traspasan mi corazón y el Corazón de mi Hijo Jesús. Hijitos, oremos por todos los que no desean conocer el amor de Dios, aunque están en la Iglesia. Oremos para que se conviertan, a fin de que la Iglesia resucite en el amor. Hijitos, únicamente con el amor y la oración, podrán vivir este tiempo que les ha sido dado para la conversión. Pongan a Dios en primer lugar, así, Jesús Resucitado llegará a ser su amigo. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado! ”
Con la Reina de la Paz digamos al Sagrado Corazón de Jesús:
Rendido a vuestros pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me habéis dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo vuestro adorabilísimo Corazón, os pido humildemente la gracia de conoceros, amaros y serviros como fiel discípulo vuestro para hacerme digno de las mercedes y bendiciones que, generoso, concedéis a los que de veras os conocen, aman y sirven.
¡Mirad que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Vos como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mirad que soy muy rudo, oh soberano Maestro!, y necesito de vuestras divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mirad que soy muy débil, oh poderosísimo amparo de los frágiles, y caigo a cada paso y necesito apoyarme en Vos, para no desfallecer.
Sedlo todo para mí, Sagrado Corazón; socorro de mi miseria, lumbre de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad. De Vos lo espera todo mi pobre corazón. Vos lo alentasteis y convidasteis, cuando con tan tiernos acentos dijisteis repetidas veces en vuestro Evangelio: «Venid a mí, aprended de mí, pedid, llamad…» A las puertas de vuestro Corazón vengo, pues hoy, y llamo y pido y espero. Del mío os hago, ¡oh Señor!, firme, formal, y decidida entrega. Tomadlo Vos, y dadme en cambio lo que sabéis me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad. Amén
