Orad, sin cesar, por el don del amor

Orad, sin cesar, por el don del amor

24 de abril de 2026 Desactivado Por Gospa Chile

«Hijos míos, orad, orad, orad por el don del amor, porque el amor es Mi Hijo…» (Mensaje, 2 de Noviembre de 2013)

Semana de Oración por las vocaciones


Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas

Señor Nuestro Jesucristo, Tú dijiste a tus Apóstoles: «la mies es mucha pero los obreros pocos; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su campo». Humildemente te suplicamos que envíes a tu Iglesia numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Te lo pedimos por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, y por la de nuestros Santos Patronos y Protectores, que con su vida y merecimientos santificaron nuestro suelo. Amén.


Mensaje, 2 de Noviembre de 2013

“Queridos hijos, de nuevo os invito maternalmente a amar. Orad, sin cesar, por el don del amor; a amar vuestro Padre Celestial sobre todas las cosas. Cuando le amáis a Él, os amáis vosotros mismos y a vuestro prójimo. Eso no se puede separar. El Padre Celestial está en cada persona, ama a cada uno y llama a cada uno por su propio nombre. Hijos míos, por eso, a través de la oración, escuchad la voluntad del Padre Celestial, hablad con Él, estableced una relación personal con el Padre, que hará aún más profunda la relación con vosotros mismos, la comunidad de mis hijos, mis apóstoles. Como Madre deseo, que por medio de la oración hacia el Padre Celestial, os pongáis por encima de las vanidades terrenales que son estériles, y que ayudéis a los demás, para que poco a poco conozcáis y os acerquéis al Padre Celestial. Hijos míos, orad, orad, orad por el don del amor, porque el amor es Mi Hijo. Orad por vuestros pastores, para que tengan siempre amor por vosotros, como Mi Hijo lo ha tenido y lo ha demostrado dando Su Vida por vuestra salvación. ¡Os doy las gracias!”


San Juan Pablo II:

Fidelidad a la Palabra

«Todo cristiano que recibe el sacramento del Orden acepta el celibato con plena conciencia y libertad, des­pués de una preparación de años, de profunda reflexión y de asidua oración. El toma la decisión de vivir por vida el celibato, solo después de haberse convencido de que Cristo le concede este don para el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás. Solo entonces se compromete a observarlo durante toda la vida. Es natural que tal decisión obliga no solo en virtud de la “Ley”, establecida por la Iglesia, sino también en función de la respon­sabilidad personal. Se trata aquí de mantener la palabra dada a Cristo y la Iglesia. La fidelidad a la palabra es, conjuntamente, deber y comprobación de la madurez interior del Sacerdote y ex­presión de su dignidad personal. Esto se manifiesta con toda claridad, cuando el mantenimiento de la palabra dada a Cristo, a través de un responsable y libre compromiso celibal para toda la vida, encuentra dificultades, es puesto a prueba, o bien está expuesto a la tentación, cosas todas ellas a las que no escapa el sacerdote, como cualquier otro hombre y cristiano. En tal cir­cunstancia, cada uno debe buscar ayuda en la oración más fer­vorosa. Debe, mediante la oración encontrar en sí mismo aquella actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es precisamente la fuente de la fuerza para sos­tener lo que vacila. Es entonces cuando nace una confianza similar a la que San Pablo ha expresado con estas palabras: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. Estas verdades son con­firmadas por la experiencia de numerosos sacerdotes y probadas por la realidad de la vida. La aceptación de las mismas constitu­ye la base de la fidelidad a la palabra dada a Cristo y a la Iglesia, que es al mismo tiempo la comprobación de la auténtica fidelidad a sí mismo, a la propia conciencia, a la propia humanidad y dignidad. Es necesario pensar en todo esto, especialmente en los momentos de crisis y no recurrir a la dispensa, entendida como “intervención administrativa como si en realidad no se tratara, por el contrario, de una profunda cuestión de conciencia y de una prueba de humanidad. Dios tiene derecho a tal prueba con respecto a cada uno de nosotros, dado que la vida terrenal es un período de prueba para todo hombre. Pero Dios quiere igualmen­te que salgamos victoriosos de tales pruebas, y nos da la ayuda necesaria.
Tal vez, no sin razón, es preciso añadir aquí que el compro­miso de la fidelidad conyugal, que deriva del sacramento del Ma­trimonio, crea en ese terreno obligaciones análogas, y que tal vez llega a ser un campo de pruebas similares y de experiencias para los esposos, hombres y mujeres, los cuales precisamente en es­tas “pruebas de fuego” tienen posibilidad de comprobar el valor de su amor. En efecto, el amor en toda su dimensión no es solo llamada, sino también deber. Añadamos finalmente que nues­tros hermanos y hermanas, unidos en el matrimonio, tienen de­recho a esperar de nosotros, Sacerdotes y pastores, el buen ejem­plo y el testimonio de la fidelidad a la vocación hasta la muerte, fidelidad a la vocación que nosotros elegimos mediante el sacra­mento del Orden, como ellos la eligen a través del sacramento del Matrimonio. También en este ámbito y en este sentido debemos entender nuestro sacerdocio ministerial como “subordinación* al sacerdocio común de todos los fieles, de los seglares, especial­mente de los que viven en el matrimonio y forman una familia. De este modo, nosotros servimos “a la edificación del Cuerpo de Cristo”; en caso contrario, más que cooperar a su edificación, debilitamos su unión Espiritual. A esta edificación del cuerpo de Cristo está íntimamente unido el desarrollo auténtico de la per­sonalidad humana de todo cristiano como también de cada sa­cerdote que se realiza según la medida del don de Cristo. La desorganización de la estructura Espiritual de la Iglesia no favo­rece ciertamente al desarrollo de la personalidad humana y no constituye su justa verificación.» (Carta al Clero Jueves Santo. 1979)


Alegría Sacerdotal, Comunión Eucarística

De Dom Columba Marmión, O.S.B. Jesucristo, ideal del sacerdote

«Todos aspiramos a ser sacerdotes fervorosos. No importa que tengamos un temperamento débil o enérgico. La sagrada comunión nos infunde a todos la fuerza que viene del mismo Dios. El pan que recibió Elías «para reanimarle en su desfallecimiento» era una figura de la Eucaristía: Et ambulavit in fortitudine cibi illius usque ad montem Dei (III Reg., XIX, 8). También a nosotros la sagrada comunión nos suministra un «remedio a nuestra flaqueza» como nos enseña la liturgia: Fortitudo fragilium [Postcomunión de las ferias de Cuaresma]. El amor que enciende en nuestras almas nos permite vencer el hastío, la pereza y las tentaciones, ayudándonos eficazmente a llevar nuestra cruz en pos del divino Maestro.
Otro de los efectos propios de la Eucaristía es el de perdonar los pecados veniales. El amor fervoroso, que es el efecto inmediato de la gracia que este sacramento nos comunica, produce en el alma una gran aversión a todo cuanto obstaculiza la unión. Este aborrecimiento del pecado nos consigue de Dios el perdón de aquellos pecados veniales a los que no tenemos afecto. Esta es la razón de porqué la Eucaristía «purifica al alma de las manchas que en ella han dejado los pecados cometidos»: Ut in me non remaneat scelerum macula. Además que por los auxilios divinos que nos asegura, «corrige nuestras malas inclinaciones»: Vitia nostra curentur [Postcomunión de la dominica XVII después de Pentecostés]. Por eso, todos los días pedimos al Señor en la Misa que la recepción de la Eucaristía nos sirva de «saludable remedio»: Ad medelam percipiendam.
La alegría espiritual, que tanta importancia tiene en nuestra vida sacerdotal, es otra de las gracias que nos proporciona la Eucaristía, por más que sean muy pocos los que reparan debidamente en ella.
La sagrada comunión es un inmenso manantial de la más pura, íntima y sólida alegría. Dios es la felicidad por esencia y todo el bien que se encuentra en la creación no es sino un reflejo, una sombra de esta felicidad infinita. Es tan grande la alegría que se experimenta en el cielo, que San Pablo nos dice que «ni el ojo vio, y ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, lo que Dios ha preparado para los que le aman» (I Cor., II, 9).
La unión eucarística nos comunica no ya una emanación de esta felicidad celestial, sino a su mismo Autor, que viene a nosotros con todas sus incomparables riquezas. Santa Rosa de Lima decía que en el momento de comulgar le parecía que el mismo sol entraba en su alma [Acta Sanctorum, 39. Augusti, V, pág. 958]. Y puede decirse con toda verdad que, así como en la creación el sol es fuente de luz, de vida y de crecimiento, así también en la intimidad del alma este Jesús a quien recibimos en la sagrada comunión es la fuente de esta alegría siempre floreciente y de este coraje que no conoce el abatimiento que constituyen la fuerza que sostiene al cristiano.»


Ofrecimiento diario de sí mismo por las vocaciones sacerdotales

Oh Jesús, Salvador mío, Tú que confiaste a los sacerdotes, -y solamente a ellos-, el poder de celebrar la Eucaristía, fin principal de su ordenación sacerdotal, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos, predicar con autoridad la Palabra de Dios y dirigir a los demás fieles a mirar y a subir hacia Ti, por medio de tu Santísima Madre, te ofrezco para la santificación de los sacerdotes y seminaristas, durante este día, todas mis oraciones, trabajos y alegrías, mis sacrificios y sufrimientos. Danos, Señor, sacerdotes verdaderamente santos que, inflamados del fuego de Tu amor, no procuren otra cosa que Tu gloria y la salvación de aquellos a los que Tú encomendaste. Amén.

Voy a rezar en particular por esos muchachos que conozco, que tal vez puedan recibir la vocación sacerdotal, y responder a la llamada de Dios: Mira Jesús, tu Iglesia y el mundo necesitan hombres generosos que se entreguen a Ti para ser apóstoles tuyos. Elige a los que quieras; llama y da la valentía de dejarlo todo y seguirte para ser sembradores de tu doctrina de amor y portadores de tu salvación. Amén.