Padre Pero Miličević: “He perdonado a quien mató a mi padre”

Padre Pero Miličević: “He perdonado a quien mató a mi padre”

29 de diciembre de 2025 Desactivado Por Gospa Chile

«La comprensión de la paz y el perdón solo llegó al convertirme en sacerdote, durante las confesiones de los fieles».

El sacerdote Pero Miličević es bosnio y, en 1993, durante la guerra de Yugoslavia, un grupo de milicianos musulmanes atacaron su pueblo, Dlkani, asesinando a 39 personas. Entre ellas, al padre de este párroco y más familiares suyos. Después, Miličević y el resto de supervivientes fueron desplazados a un campo de prisioneros en el que permanecieron recluidos siete meses.


«Fue la experiencia de la oscuridad y del mal de la guerra», ha resumido este jueves al compartir su testimonio en la Oficina de Prensa de la Santa Sede al hilo de la Jornada Mundial de la Paz que se celebrará el próximo 1 de enero y cuyo mensaje he hecho público el Vaticano.

Ver Mensaje Jornada Mundial de la Paz

El testimonio del sacerdote de Mostar que de niño vivió la guerra de Bosnia-Herzegovina en los años noventa:

“Hay dos cosas que no se pueden separar: el perdón dado y el perdón recibido. Muchas veces el mal recibido es tan grande que poder perdonar parece como escalar una montaña muy alta. Pero por nosotros mismos no podemos, necesitamos la gracia de Dios, deberíamos pedirla”

Es un conflicto entre hermanos que sacude a la entonces Yugoslavia y que un niño de siete años como Pero no comprende. Sí entiende, en cambio, las copiosas y amargas lágrimas que derrama su madre y que sus familiares intentan en vano enjugar. “En 1993 – cuenta el padre Pero en una entrevista concedida a Radio Vaticano – durante el Encuentro de Rímini – en un solo día perdí a ocho personas de mi familia. Murió mi padre, mi tía vio morir a tres hijos, otra tía perdió a un hijo, a otra tía la mataron…”. La cosa no acaba ahí. Pero fue llevado con otros a un campo de concentración donde permanece siete meses.

Ha explicado además cómo este encierro implicaba además «la falta de comida y de higiene» y por la noche él y el resto de prisioneros dormían sobre «camas compuestas por losas de granito». Y, sin embargo, sobrevivieron. Según este sacerdote, «nunca hubiéramos resistido sin la fe, la oración y la necesidad de paz».

Un oasis de paz

Pasa el tiempo, dos años para ser exactos, Pero junto con otros niños de Mostar es llevado a Italia durante un mes. Don Benito Giorgetta, que también estuvo presente en el Encuentro, se encarga del viaje y los lleva a Térmoli.

“Fui personalmente a recogerlos, siguiendo todo el proceso burocrático para las autorizaciones. Fueron muchos sacrificios y mucho compromiso, pero sobre todo – cuenta – había un gran deseo de ofrecer un oasis de paz a estos niños atormentados. Recuerdo sus temores cuando explotaban los fuegos artificiales, se escondían porque para ellos eran sonidos de muerte y para nosotros eran sonidos de alegría”.

En el relato del sacerdote hay espacio para la gratitud y el agradecimiento por las familias que acogieron entonces, “misioneros – los llama hoy – que evangelizaron con su testimonio”. Recuerda en particular a la familia Castrotta, que hospedó a Pero.

El amor que no olvida

Los niños regresan a Mostar, pasan los años contando con el sufrimiento y el esfuerzo por reparar las relaciones humanas y emprender un camino de curación. Pero elige el seminario de Zagreb. Regresa a Italia durante unos años para completar sus estudios. Hace una peregrinación a San Giovanni Rotondo y allí ve la señal de Térmoli. Se reaviva una llama, empieza a recordar y busca en Facebook a la familia Castrotta.

Lo encuentra, pregunta por Don Benito pero no recibe muchas noticias, entonces su teléfono móvil se apaga. Vuelve a Roma pero la sorpresa es que don Benito lo llama, lo invita a Térmoli para celebrar misa juntos. “El amor – dice don Pero – no se olvida”.

Pese a todo, es evidente que las heridas que inflige la violencia no se cierran de un día para otro. «La ira provocada por tales acontecimientos no desaparece fácilmente», ha ampliado Miličević. La sanación requiere trabajo y empeño. En su caso concreto, «la comprensión de la paz y el perdón solo llegó al convertirme en sacerdote, durante las confesiones de los fieles».

30 años después, «la bondad es desarmante»

En 2013, 20 años después de su liberación, Miličević regresó al campo de concentración en el que pasó siete meses cautivo. «Volví entre lágrimas», ha narrado el sacerdote, pero convencido ya entonces de que «la venganza no es el camino a seguir».

“Sé quién mató a mi padre…”

A lo largo de todos estos años, la luz del Evangelio ilumina el corazón del joven sacerdote, el encuentro con el amor más grande realiza en él la revolución que se abre al perdón. “Como Dios perdona nosotros también debemos perdonar, sé quién mató a mi padre – dice el padre Pero – pero no puedo vivir en la venganza”.

“Si sintiera resentimiento no sería un hombre de Dios, somos humanos cometemos errores, nacemos en el mismo lugar, no somos demasiado diferentes”. Esta es la gran lección que el dolor aporta a la vida del padre Pero: el perdón es el camino para sanar y para mirar al otro como un verdadero hermano.