San Leopoldo Mandic de Castelnuovo
“Algunos dicen que soy demasiado bueno, pero si usted viene y se arrodilla delante de mí, ¿no es suficiente prueba de que usted implora el perdón de Dios? La misericordia de Dios sobrepasa todas las expectativas”. Y añadía: “Si el Crucifijo me hubiese que reprochar la manga ancha respondería: Este triste ejemplo, Padre bendito, me lo habéis dado vos; yo todavía no he llegado a la locura de morir por las almas”.
En 1936 escribirá: “Pondré todos mis esfuerzos en buscar por doquier, ayudado siempre por la gracia de Dios, el cumplir esta mi doble misión: ante todo la salvación de mi pueblo y también el cuidado espiritual de los fieles, por medio del sacramento de la penitencia”.
San Leopold Mandic, originario de Croacia, ingresó en la Orden de los Franciscanos Capuchinos y fue ordenado sacerdote años después, a pesar de padecer diversos problemas de salud. No podía hablar con la suficiente potencia para predicar en público. Durante muchos años también sufrió de artritis severa, problemas de visión y una dolencia estomacal.
Durante varios años, Leopold Mandic impartió clases de patrología, el estudio de los Padres de la Iglesia, a los clérigos de su provincia, pero es más conocido por su labor en el confesionario, donde a veces pasaba entre 13 y 15 horas diarias. Varios obispos buscaban su consejo espiritual.
En una época en que el Papa Pío XII decía que el mayor pecado de nuestro tiempo es «haber perdido todo sentido del pecado», San Leopold Mandic tenía un profundo sentido del pecado y un sentido aún más firme de la gracia de Dios que espera la cooperación humana.
Leopold Mandic, que vivió la mayor parte de su vida en Padua, falleció el 30 de julio de 1942 y fue canonizado en 1982.
Culmina los estudios filosóficos y teológicos y en 1890 recibe la ordenación sacerdotal. Inmediatamente pidió a sus superiores ser enviado a su tierra natal para llevar adelante su deseo más hondo: trabajar por la unidad de los cristianos. Sin embargo, por su débil salud y por un defecto en la pronunciación, no lo consideraron apto y rechazaron su petición. Él, en lugar de rebelarse, se recogió en el silencio de la obediencia, en el misterio de la oración por la unidad de los cristianos y en la penumbra del confesionario. En 1936 escribirá: “Pondré todos mis esfuerzos en buscar por doquier, ayudado siempre por la gracia de Dios, el cumplir esta mi doble misión: ante todo la salvación de mi pueblo y también el cuidado espiritual de los fieles, por medio del sacramento de la penitencia”.
Dos notas que destacan en la vida de San Leopoldo. Primero, su preocupación por la unidad de los cristianos, la vuelta a la Iglesia de los hermanos separados. No podrá ir a trabajar entre ellos físicamente, pero no dejarán de estar presentes siempre en su oración, especialmente en la celebración de la Eucaristía. Esta preocupación será tan importante para él que nunca quiso renunciar a su nacionalidad por si algún día podía volver a su país, decisión que le costó sufrir durante la primera guerra mundial, ya que, al no tener la nacionalidad italiana, fue desterrado al sur de la península.
Pero la tarea por la que más conocido es San Leopoldo es su dedicación al ministerio de la reconciliación, ministerio al que dedicaba horas y horas en la pequeña celda-confesionario donde acogía a todo el que se acercaba. A todos dedicaba su atención y su servicio, para cada uno tenía la palabra oportuna. Se cuenta que le acusaron de ser “confesor de manga ancha”, pero él respondía que era “confesor de la misericordia de Dios”. Más aún decía: “Algunos dicen que soy demasiado bueno, pero si usted viene y se arrodilla delante de mí, ¿no es suficiente prueba de que usted implora el perdón de Dios? La misericordia de Dios sobrepasa todas las expectativas”. Y añadía: “Si el Crucifijo me hubiese que reprochar la manga ancha respondería: Este triste ejemplo, Padre bendito, me lo habéis dado vos; yo todavía no he llegado a la locura de morir por las almas”. Precisamente el papa Juan Pablo II le canonizó durante el Sínodo de la Reconciliación. En el confesionario prestó una atención especial a algunos aspectos de gran actualidad: la defensa de la vida en todas sus fases y la preocupación por las mujeres maltratadas.
El 30 de julio de 1942, cuando iba a celebrar la Eucaristía, se desvaneció en la sacristía y, después de recibir los sacramentos, murió plácidamente. Solo treinta y cuatro años más tarde, Pablo VI le beatificó, señalando en su homilía: “Se santificó principalmente en el ejercicio de la reconciliación”. Por eso el mensaje que nos deja para el mundo de hoy queda recogido en las palabras del papa Francisco: “La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios… Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo”.
