Sed, pues, hombres de oración

Sed, pues, hombres de oración

19 de abril de 2026 Desactivado Por Gospa Chile

«Mediadores» conscientes de vuestra misión…

Semana de Oración por las vocaciones


Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas

Señor Nuestro Jesucristo, Tú dijiste a tus Apóstoles: «la mies es mucha pero los obreros pocos; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su campo». Humildemente te suplicamos que envíes a tu Iglesia numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Te lo pedimos por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, y por la de nuestros Santos Patronos y Protectores, que con su vida y merecimientos santificaron nuestro suelo. Amén.


Mensaje 18 de Marzo del 2009

“¡Queridos hijos! Hoy los invito a mirar sincera y largamente en sus corazones. ¿Qué verán en ellos? ¿Dónde está Mi Hijo en ellos y el deseo de seguirme hacia El? Hijos míos, que este tiempo de penitencia sea un tiempo en que se preguntarán: ¿qué desea personalmente de mí mi Dios? ¿Qué debo hacer? Oren, ayunen, tengan el corazón lleno de misericordia. No olviden a sus pastores. Oren para que no se pierdan, para que permanezcan en Mi Hijo a fin que sean buenos pastores de sus rebaños.”


San Juan Pablo II:

Debemos tomar el «cáliz de la salvación».

«Somos necesarios a los hombres, somos inmensamente necesarios, y no a medio servicio ni a medio tiempo, como si fuéramos, unos «empleados».
Somos necesarios como el que da testimonio, y despertamos en los otros la necesidad de dar testimonio. Y si alguna vez puede parecer que no somos necesarios, quiere decir que debemos comenzar a dar un testimonio más claro, y entonces nos percataremos de lo mucho que el mundo de hoy necesita de nuestro testimonio sacerdotal, de nuestro servicio, de nuestro sacerdocio.
Debemos dar y ofrecer a los hombres de nuestro tiempo, a nuestros fieles, al pueblo de Roma, este testimonio con toda nuestra existencia humana, con todo nuestro ser.
El testimonio sacerdotal, el tuyo, queridísimo hermano sacerdote, y el mío, comprometen a toda nuestra persona. Sí, de hecho el Señor parece decirnos:
«Tengo necesidad de tus manos para seguir bendiciendo, / tengo necesidad de tus labios para seguir hablando, / tengo necesidad de tu cuerpo para seguir sufriendo. / Tengo necesidad de tu corazón para seguir amando, / tengo necesidad de ti para seguir salvando». (Michel Quoist, Plegarias).» (Discurso al Clero 9_XI-1978)


Importancia que tiene para el sacerdote el espíritu de oración

De Dom Columba Marmión, O.S.B.
Jesucristo, ideal del sacerdote

La oración no puede limitarse en la vida del sacerdote a algunos actos aislados y pasajeros. El que es ministro de Jesucristo debe cultivar el espíritu de oración, que es una disposición habitual, en virtud de la cual, en nuestras penas y desalientos, lo mismo que en nuestras alegrías y éxitos, nuestro corazón se vuelve hacia Jesucristo o hacia el Padre como hacia su mejor amigo, hacia el más intimo confidente de nuestros sentimientos y el apoyo de nuestra debilidad. Y no es suficiente que el alma se eleve a Dios de esta manera por la mañana y por la noche, sino que debe hacerlo en todo momento: Oculi mei semper ad Dominum (Ps., 24, 15).

Por lo mismo que somos sus hijos adoptivos, debemos conducirnos en la presencia de Dios con la sencillez propia de los niños: Nisi efficiamini sicut parvuli, non intrabitis in regnum cœlorum (Mt., XVIII, 3). Un hijo debe tratar a su padre con el mayor respeto; pero esto no impide que confíe en su bondad ni que le abra de par en par su corazón en el seno de la intimidad. Lo mismo se debe decir del sacerdote. Para él, Dios no puede ser un Señor inaccesible, a quien todos los días hay que pagar la deuda de unas cuantas fórmulas dichas a toda prisa. No; Dios es el padre, el consejero y el sostén de su vida. Y aun en el caso de que haya tenido la desgracia de provocar su enojo, nunca debe perder la confianza en su bondad. Antes de emprender cualquiera acción importante, debemos manifestarle nuestro sincero deseo de obrar únicamente por Él.

A medida que pase el tiempo, se nos irá haciendo natural el hábito de elevar así nuestro espíritu y se irán también multiplicando nuestras relaciones con el mundo invisible: la Misa, el oficio divino y la meditación no serán actos aislados sin influencia alguna en el resto de la vida, sino que serán una continuación más intensa de nuestra amistad con Dios y la gracia de la unión filial se convertirá en el centro de toda nuestra existencia.

Hay dos principales razones que imponen al sacerdote este espíritu de oración. De una parte, el cuidado que debe tener de su propia perseverancia y de su fidelidad al amor de Jesucristo; y de la otra, la necesidad de atraer las bendiciones divinas sobre su ministerio.

¿Es que, por ventura, nosotros los sacerdotes, que estamos consagrados al bien de las almas, podemos vivir en medio del mundo, como Jesucristo después de su resurrección, sin experimentar la atracción de sus seducciones? A pesar de lo sublime de nuestra vocación, somos débiles e imperfectos y somos frecuentemente zarandeados por las tentaciones. Para poder perseverar en el bien, la oración es indispensable a todos y algunos necesitan recurrir a ella casi a cada instante.

El permanecer firme hasta el último suspiro «es un don luminoso del Padre»: Descendens a Patre luminum (Jac., I, 17), que nuestras buenas obras no pueden merecerlo estrictamente de condigno.

Pero podemos esperar confiadamente obtenerlo de la divina bondad si lo pedimos con humildad y con perseverancia, procurando guardar fidelidad a Dios. «Este gran don»: Magnum illud usque in finem perseverantiæ donum, como le llama el Concilio de Trento [Sess. VI, can. 16], no nos exime de la posibilidad de pecar ni de ser tentados; pero nos proporciona una ayuda providencial y una serie de gracias que inclina a nuestra voluntad a obrar bien hasta el fin de la vida. De esta suerte, toda la trama de la existencia del cristiano se encuentra como rodeada de misericordia hasta su último término [Summa Theol., III, q. 114, a. 9].

Como mendigos que llaman incesantemente a la puerta del cielo, debemos estar siempre exponiéndole nuestras miserias. Tal era la conducta de los santos. Hay una nota común a todos ellos: la constancia en buscar a Dios y en procurar hacer siempre su voluntad. Una vez que se consagraron a Dios, perseveraron hasta el fin de su vida con una fidelidad admirable en esta entrega que hicieron de sus personas. En la liturgia de los confesores, la Iglesia dice de ellos que tenían su voluntad anclada en Dios: Voluntas ejus permanet die ac nocte.

Nuestras miserias nos enseñarán a orar con humildad y confianza y nos preservarán del orgullo y de la presunción. El Apóstol nos dice que, si Dios las permite, es «para que nadie pueda gloriarse ante Dios»: Ut non glorietur omnis caro in conspectu ejus (I Cor., I, 29).

Es necesario que aquellos sacerdotes que se dedican a estudios que no se relacionan directamente con las cosas sagradas o que tienen un cargo meramente administrativo se preocupen con más empeño que los demás en conservar siempre vivo el espíritu de oración. Para ello, les ayudará muchísimo la costumbre de elevar oraciones jaculatorias en medio de sus trabajos, escogiendo entre las fórmulas ordinarias aquellas que mejor respondan a sus necesidades, o sirviéndose de algún texto del breviario, o de la Sagrada Escritura, que más les haya llegado al alma.

Nunca es más feliz un ministro de Cristo que cuando es fiel al espíritu de oración y trabaja únicamente por la gloria de Dios y de la Iglesia, llevado del impulso de la caridad.

Si la oración tiene una importancia tan grande para vuestra santificación, no la tiene menos para atraer sobre vuestros trabajos las bendiciones divinas.

Debéis convencernos de que vuestra acción sobre las almas no puede ejercer ninguna influencia que sea realmente provechosa si Dios no la fecunda con su gracia: Ego plantavi, Apollo rigavit, sed Deus incrementum dedit (I Cor., III, 6). Es cierto que la gracia supone la naturaleza y que no podemos echar en olvido la parte que tienen la inteligencia y la voluntad en las obras sobrenaturales: «Nosotros plantamos y regamos»; este es el papel que nosotros desempeñamos, el cual es ciertamente indispensable. Pero no debemos perder de vista que si Dios no «fecunda» nuestro trabajo, éste resultará completamente infructuoso.

Como dice San Agustín, todo crecimiento en la vida de la gracia «supera las fuerzas humanas, sobrepasa la excelencia de los ángeles y pertenece únicamente a la Trinidad fecundante»: Excedit hoc humanam humilitatem, excedit angelicam sublimitaten, nec omnino pertinet nisi ad agricolam Trinitatem [In Jo., 80, 2. P. L., 35, col. 1840].

Los santos, que realizaron grandes obras impulsados por su amor, se entregaron con denuedo a la acción; pero eran, sobre todo, hombres de oración. Recordad a San Benito, a San Francisco Javier, a San Carlos Borromeo, a San Francisco de Sales, a San Alfonso de Ligorio, al Santo Cura de Ars: todos ellos pasaban largas horas en coloquio con Dios.

Sed, pues, «mediadores» conscientes de vuestra misión, hombres de oración que, mediante vuestra constante unión con el Señor, santifiquéis las almas que os han sido encomendadas al mismo tiempo que santificáis también las vuestras.

Porque los sacerdotes no podemos salvarnos solos, sino que tenemos la sublime misión de llevar las almas al cielo en pos de la nuestra propia. Demos, por ello, gracias a Dios y procuremos serle fieles, para que nuestra falta de fervor nunca sea causa de que alguna alma se entibie o se arruine.


Ofrecimiento diario de sí mismo por las vocaciones sacerdotales

Oh Jesús, Salvador mío, Tú que confiaste a los sacerdotes, -y solamente a ellos-, el poder de celebrar la Eucaristía, fin principal de su ordenación sacerdotal, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos, predicar con autoridad la Palabra de Dios y dirigir a los demás fieles a mirar y a subir hacia Ti, por medio de tu Santísima Madre, te ofrezco para la santificación de los sacerdotes y seminaristas, durante este día, todas mis oraciones, trabajos y alegrías, mis sacrificios y sufrimientos. Danos, Señor, sacerdotes verdaderamente santos que, inflamados del fuego de Tu amor, no procuren otra cosa que Tu gloria y la salvación de aquellos a los que Tú encomendaste. Amén.
Voy a rezar en particular por esos muchachos que conozco, que tal vez puedan recibir la vocación sacerdotal, y responder a la llamada de Dios: Mira Jesús, tu Iglesia y el mundo necesitan hombres generosos que se entreguen a Ti para ser apóstoles tuyos. Elige.a los que quieras; llama y da la valentía de dejarlo todo y seguirte para ser sembradores de tu doctrina de amor y portadores de tu salvación. Amén.