Sobre la verdadera Devoción a María
No olvidemos nunca, finalmente, lo que ya hemos demostrado más arriba, a saber: que, honrando a María, honramos a Cristo, su divino Hijo, y cumplimos con ello perfectamente la voluntad de Dios.
Por Fray Antonio Royo Marín
La verdadera devoción a María ha de incluir, a la vez, la veneración, el amor, la gratitud, la invocación y la imitación de sus excelsas virtudes
Todos esos actos —como vamos a ver— corresponden a los más fundamentales dogmas y títulos marianos expresamente proclamados por
la Iglesia o recomendados por su Magisterio oficial. La devoción verdadera ha de brotar siempre como flor bellísima del árbol dogmático. Por eso debemos a María:
a) Singular veneración, porque es la Madre de Dios.
b) Amor intensísimo, porque es nuestra Madre amantísima.
c) Profunda gratitud, porque es nuestra Corredentora.
d) Confiada invocación, porque es la Dispensadora universal de todas las gracias.
e) Imitación perfecta, porque es Modelo sublime de todas las virtudes.
Vamos a examinar cuidadosamente cada uno de estos diferentes aspectos.
a) Singular veneración.
Ante todo debemos tributar a la Virgen María una singular veneración por su dignidad excelsa de Madre de Dios. Esta dignidad incomparable es el fundamento principal del culto de hiperdulía, que corresponde exclusivamente a María precisamente por ser la Madre de Dios. Este culto de hiperdulía —como ya vimos más arriba— es específicamente distinto y muy superior al de simple dulía, que se debe a los santos, aunque muy inferior al de latría o adoración, que se debe exclusivamente a Dios.
La veneración es uno de los más típicos actos de culto, porque expresa del modo más evidente el reconocimiento de la superioridad de la persona venerada.
La Madre de Dios según la fe y la teología (Madrid, 1955), vol. 2, pp. 29 3 ss. Con frecuencia trasladamos textualmente sus propias palabras.
El Evangelio nos transmite algunos ecos de la singular veneración con que debemos honrar a María. El ángel de la anunciación la saluda con grandísima reverencia al pronunciar aquellas sublimes palabras: Ave, llena de gracia, el Señor es contigo (Le. 1, 28). Y poco después Santa Isabel, madre del Bautista, completa el elogio con su ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! (Le. 1, 42), considerándose indigna de que la visite la Madre de mi Señor (Le. 1, 43).
También el Evangelio nos habla de aquella mujer anónima del pueblo que exclamó entusiasmada dirigiéndose a Jesús: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron (Le. 11, 27). Era el primer cumplimiento de la profecía hecha por la misma Virgen en su sublime cántico del Magníficat: «Por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Le. 1, 48).
Esta veneración ha de ser, ante todo, espiritual e interior; pero ha de tener también sus manifestaciones exteriores brotadas del corazón.
A imitación de los santos hemos de venerar y honrar las imágenes de María —no haciendo recaer nuestra devoción sobre la imagen misma, sino sobre lo que ella representa, o sea la misma Virgen María tal como está en el cielo—; hemos de bendecir su nombre dulcísimo, propagar por todas partes y por todos los medios a nuestro alcance su culto y veneración. La Iglesia en su liturgia no duda en exclamar refiriéndose a María:
Omni laude dignissima: es dignísima de toda alabanza, por su dignidad incomparable de Madre de Dios.
No olvidemos nunca, finalmente, lo que ya hemos demostrado más arriba, a saber: que, honrando a María, honramos a Cristo, su divino Hijo, y cumplimos con ello perfectamente la voluntad de Dios. San Bernardo invita a los fieles a venerar a María en los siguientes términos: «Con todo el corazón y con todos nuestros afectos y deseos veneremos a María, porque ésta es la voluntad de
Aquel que ha querido que todo lo tuviéramos por medio de María».*
b) Amor intensísimo
María no solamente es Madre de Dios, sino también dulcísima Madre nuestra, como vimos en su lugar correspondiente. Y si su maternidad divina nos obliga a honrarla y reverenciarla más que a todos los santos juntos, su maternidad espiritual sobre nosotros nos impulsa a amarla con un amor intensísimo, como corresponde a un hijo tiernamente enamorado de su madre.
También el amor es un acto de culto. Se ama, en efecto, lo que es amable, es decir, lo que se presenta revestido de bondad y de belleza. El amor, por tanto, incluye un expreso reconocimiento de las excelencias que resplandecen y hacen amable una persona.
Este culto de amor, más que un acto constitutivo o elemento integrante del culto mariano, es, puede decirse, el alma del mismo, o sea el principio motor de todos los demás actos de culto. Cuanto más amemos a nuestra Madre del cielo, tanto más sincera e intensamente se manifestarán los actos de veneración, de gratitud, de invocación y de imitación de sus excelsas virtudes.
Este culto de amor a María tiene su fundamento en la Sagrada Escritura, que manda honrar al padre y a la madre (Ex. 20, 12), y fue practicado con ternura filial por el mismo Cristo en la casita de Nazaret (cf. Le. 2, 51). Pero el precepto de amar a María está escrito, además, en el corazón de todos los cristianos: «Abrid el corazón de los cristianos —decía bellísimamente el P. Faber— y encontraréis escrito el nombre de María».
Uno de los más fervientes devotos de María, San Antonio María Claret, escribió las siguientes palabras:
«¿Quisiera tener todas las vidas de los santos y santas del cielo para amar a la Santísima Virgen con aquel amor perfectísimo y ardentísimo con que ellos la aman en la actualidad. Deseo con todo mi corazón que todos los reinos, provincias, ciudades y pueblos, con los hombres, mujeres, niños y niñas que están en ellos, conozcan, amén, sirvan y alaben a María Santísima con el fervor con que lo hacen los bienaventurados en el cielo.
Deseo morir y derramar toda mi sangre por el amor y reverencia de la Madre de Dios; deseo que Jesús me conceda la gracia y la fuerza necesaria para que todos mis miembros sean atormentados y cortados unos tras otros por amor y reverencia, de María, Madre de Dios y Madre mía.»
Y el gran obispo norteamericano monseñor Fulton Sheen escribe, no sin cierta ironía, contra los que tachan de exagerado el amor de los católicos
a María:
«Si la única acusación que nuestro Señor me hiciera el día del juicio fuese que había amado demasiado a su Madre, me sentiría entonces completamente feliz.»
Aquí sí que es cuestión de repetir sin miedo aquello de que De María numquam satis: nunca será excesivo el amor que profesemos a María, y
nada podemos hacer que sea más grato a nuestro Señor que amar con inmensa ternura filial a Aquella que El mismo veneró y amó como a su Madre queridísima.
c) Profunda gratitud
La gratitud, como explica Santo Tomás, es la virtud que nos impulsa a dar lo que les es debido a nuestros bienhechores. Tiene tres grados: reconocer el beneficio con el pensamiento, agradecerlo con las palabras y devolverlo con las obras.
El ingrato merece ser castigado con no recibir nuevos beneficios. Al bienhechor, en cuanto tal, se le debe honor y respeto, porque tiene razón de
principio.
Ahora bien, es un hecho que, después de Dios Creador y de Cristo Redentor, es María la más grande bienhechora de todo el género humano, sobre todo por su cualidad de Corredentora al pie de la cruz de su Hijo. Luego a nadie, después de Dios y de Cristo, debemos un tributo de gratitud tan grande como a aquella que, a fuerza de dolores inefables, nos abrió con su divino Hijo crucificado las puertas del cielo, cerradas por el pecado.
En la Sagrada Escritura se nos inculca continuamente el deber de la gratitud por los beneficios recibidos de Dios. San Pablo les dice a los tesalonicenses: «Dad en todo gracias a Dios, porque tal es su voluntad en Cristo Jesús respecto de nosotros» (1 Tes. 5, 18). Y a los colosenses: «¡Sed agradecidos!» (Col. 3, 15). Y Jesús se lamentó de la ingratitud de nueve de los diez leprosos a quienes curó de su terrible enfermedad (cf. Le. 17, 17-18).
Efectivamente, el deber de la gratitud es uno de los más descuidados. Continuando la proporción evangélica, quizá más de las nueve décimas partes de la humanidad viven olvidadas de los beneficios de Dios y de María. Por eso es de gran utilidad recordar con frecuencia este gran deber hacia Dios, hacia Cristo y hacia la Virgen María, nuestros más grandes bienhechores.
San Anselmo exalta con vigorosos acentos esta gratitud que debemos a nuestra sublime bienhechora, la Virgen María.
«¿Qué diré? Se cansa la lengua porque la mente no lo alcanza. ¡Oh Señora! ¡Oh Señora mía!
Todo mi interior se esfuerza en darte las gracias por tantos beneficios, y ni siquiera puedo imaginarlas dignas, y me avergüenza ofrecerlas indignas, Así, pues, ¿qué es lo que podré decir dignamente a la Madre de mi Creador y mi Salvador, por cuya santidad se limpian mis pecados, por cuya integridad se me concede la incorruptibilidad, por cuya virginidad mi alma es amada y está desposada con su Dios? ¿Acaso podré ser ingrato con Aquella por quien me vinieron gratuitamente tantos beneficios?… Pero, ¿por qué digo tan sólo que de tus beneficios está lleno el mundo? Penetran hasta en los infiernos y suben más arriba de los cielos… ¡Oh María! ¡Cuánto te debemos a ti, Señora y Madre, por quien tenemos tal Hermano! ¿Qué gracias y qué alabanzas podremos dedicarte?…»
De acuerdo con los tres grados de gratitud que expone Santo Tomás, hemos de mostrar a María nuestra gratitud interiormente, es decir, con el pensamiento, reconociendo los grandes e incalculables beneficios que se nos han derivado de sus inmensos dolores, que debiéramos llevar siempre grabados en el corazón. Tenemos que mostrarla nuestra gratitud también externamente con palabras, alabándola y dándole incesantemente las gracias, ya que, por mucho que se lo manifestemos, siempre quedará por encima de toda alabanza. Y tenemos, en fin, que mostrarnos agradecidos externamente con las obras, devolviéndole por sus beneficios algún obsequio y por sus sacrificios algún sacrificio; y, sobre todo, ofreciéndole nuestro corazón, que es la cosa más valiosa que poseemos y la que Ella espera principalmente de nosotros.
d) Confiada invocación
A la Virgen María, como Dispensadora de todas las gracias divinas, se le debe un culto de filial e ilimitada confianza. Debemos recurrir a ella e invocarla en toda necesidad espiritual o material, completamente seguros de que seremos siempre bien acogidos, e incluso escuchados, si la gracia solicitada es necesaria o conveniente para nuestra salvación.
El santo Evangelio, a pesar de facilitarnos tan escasas noticias sobre María, nos proporciona un sólido fundamento para apoyar en él nuestra omnímoda confianza en su poder de intercesión. En las bodas de Cana, en efecto, Jesucristo hizo el primer milagro convirtiendo el agua en vino a petición de su Madre santísima (cf. Jn. 2, 1-11).
En ese emocionante episodio demostró María «que «su piedad no sólo socorre a quien la invoca, sino que muchas veces se adelanta a la invocación».
Escuchemos a Roschini razonando teológicamente la confianza ilimitada con que debemos invocar a María:
«Debemos invocar a María, porque es muy digna de toda nuestra confianza, la más digna después de Dios. Una persona se gana toda nuestra confianza cuando reúne estas tres condiciones:
- Cuando sabe, es decir, cuando conoce bien, comprende bien todas nuestras necesidades.
- Cuando puede concedernos su ayuda
- Cuando quiere de hecho ayudamos.
Esta persona es precisamente María. Ella sabe, Ella puede, Ella quiere ayudarnos. Ella sabe ayudarnos, porque nos ve a todos en Dios; Ella puede ayudarnos, porque es omnipotente ante Dios; Ella quiere ayudarnos, porque nos ama en Dios. Ella, en otros términos, tiene la visión de todas y cada una de nuestras necesidades en su inteligencia, la compasión en el corazón y el poder en las manos.
a) María Santísima, en primer lugar, sabe ayudarnos, porque nos ve en Dios. El acto con el cual María, a la luz de la gloria, ve a Dios, es muy semejante al acto con el cual Dios se ve a Sí mismo. Dios, con el mismo, único, simplicísimo acto, ve su propia Esencia, y en su Esencia, todo lo que ésta representa o en ella se refleja como en un espejo purísimo. Dios, pues, ve en Sí mismo todas las cosas posibles y existentes, y las ve como son en sí, con toda su particularidad y circunstancias. Ahora bien, todas las almas admitidas a la visión intuitiva de Dios, contemplan a la luz divina a Dios, uno y trino, y en Dios conocen todo aquello que se refleja en la Esencia infinita y que de cualquier manera les puede interesar. Este conocimiento, que está en razón directa del lumen gloriae, pertenece a ia plenitud de su felicidad y de la gloria.
Así, una madre que haya dejado a sus hijos huérfanos en el mundo, los ve en Dios y ve sus circunstancias, sus necesidades, el estado de su alma…
Si todos los bienaventurados poseen esta visión de las cosas y de las personas que tienen con ellos alguna relación, mucho más, incomparablemente más la ha de tener la Virgen, y además en un grado correspondiente a su beatitud y a su oficio de Corredentora y de Madre. Ella, por tanto, tiene que ver en Dios todo aquello que le interese; por eso la Virgen Santísima, con la misma mirada en que ve la Esencia divina, nos ve en
Ella a nosotros, hijos suyos; nos ve a todos y a cada uno en particular, y nos ve como somos, con nuestras buenas cualidades, con nuestros defectos, con nuestras necesidades, con nuestras penas… Es una visión clara, directa, distinta, que, si no iguala la visión de Dios, supera incomparablemente la visión de todos los ángeles y de todos los santos. Y si la Virgen Santísima ve en Dios todas nuestras miserias, todas nuestras necesidades, no hay duda de que nos sabe ayudar, dándonos los remedios oportunos, dispensándonos las gracias convenientes…
b) María Santísima, por otra parte, puede ayudarnos, ella es omnipotente ante Dios. Todos los Padres y doctores de la Iglesia forman un coro impresionante para engrandecer el poder de María y para proclamar todo lo que Dios puede con su mandato, María Santísima lo puede con su plegaria. Jesús y María son los dos omnipotentes, aunque con distinta clase de omnipotencia. Jesús lo es por naturaleza, María por gracia; Jesús por esencia, María por participación; Jesús por derecho, porque es Dios; María por privilegio, porque es Madre de Dios. Ella, en efecto, no ha perdido nada de aquella dulce autoridad que le reconocía su Hijo en los días de su vida mortal. «Su palabra, siempre respetada, da al recuerdo de sus dolores una fuerza misteriosa que hace vibrar en el Corazón de Cristo todas las fibras del amor filial y le inclinan a una generosidad sin medida…».
La Virgen Santísima puede, por tanto, socorrernos.
c) María Santísima quiere, en fin, ayudarnos porque nos ama en Dios. Nos ama porque somos miembros del Cuerpo místico de Jesús, su Hijo.
Nos ama porque es nuestra Madre, y nos ama —dice San Pedro Damiano—, «con un amor que no puede ser superado por ningún amor creado, ni destruido o impedido por ninguna de nuestras miserias o ingratitudes».
Ahora bien, si la Virgen nos ama tanto, es evidente que quiere ofrecernos su ayuda, porque amar es querer el bien de la persona amada. Es dignísima, por consiguiente, de que la invoquemos.
El modo como debemos invocar a María puede expresarse con dos palabras: confianza ilimitada. Debemos invocarla con confianza, porque —como ya hemos demostrado— reúne todas las condiciones para inspirarnos confianza. Y esta confianza ha de ser ilimitada, puesto que son ilimitados su poder y su bondad para cuidar de nosotros—.
e) Imitación perfecta
A la Virgen María, finalmente, se la debe un culto singular de imitación por ser modelo y ejemplar acabadísimo de todas las virtudes. Esta imitación consiste en reproducir en nuestra vida, con la mayor fidelidad que podamos, la vida de
María: su modo de pensar, de hablar y de obrar.
La imitación de una persona es ya un verdadero culto hacia ella, porque tomándola como modelo se viene a reconocer su excelencia y superioridad
moral y nuestra sumisión a ella. Y esto es suficiente para salvar la noción de culto.
San Pablo, dirigiéndose a los primeros cristianos, a quienes había «engendrado en Cristo» con su predicación (cf. 1 Cor. 4, 15; Gal. 4, 19), les
decía con ternura paternal: «Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo» (1 Cor. 11, 1). ¡Con cuánta mayor razón puede María volverse a sus hijos, a quienes engendró verdaderamente con inefables dolores al pie de la cruz, para repetirles las mismas palabras de San Pablo! Ella es, en efecto, «el rostro que más se asemeja a Cristo» (Dante). Basta abrir el Evangelio para ver los luminosos ejemplos de virtud que nos dejó, comenzando por el generosos Jiat del día de la anunciación.
La imitación de María tiene una nota que la hace particularmente grata y amable. Consiste en que María es un modelo sublime, ciertamente, pero también perfectamente asequible y al alcance de todos. Escuchemos al inmortal Pontífice León XIII exponiendo este punto interesantísimo:
«La bondad y la providencia divina nos ha dado en María un modelo de todas las virtudes aptísimo para nosotros. Al contemplarla a Ella y sus virtudes nos quedamos como deslumhrados por el fulgor de la majestad divina, sino que, animados con la unidad de la común naturaleza humana, nos sentimos arrastrados más confiadamente a su imitación. Si nos entregamos por completo a esta obra, conseguiremos ciertamente, con su poderosa ayuda, reproducir en nosotros, al menos, ciertos rasgos de su excelsa virtud y perfección, e imitando sobre todo aquella su total y admirable conformidad con la voluntad divina, podremos seguirla, sin duda, por el camino del cielo».
Insistiendo en estas mismas ideas, escribía años después San Pío X:
«Todo el que quiera —¿quién no debe quererlo?— que su devoción a la Virgen sea perfecta y digna de ella, debe ir más lejos y tender con todos sus esfuerzos a la imitación de sus ejemplos. Es, en efecto, una ley establecida por Dios que todos los que deseen gozar de la eterna felicidad deben reproducir en sí, por una fiel imitación, la forma de la paciencia y de la santidad de Cristo (cf. Rom. 8, 29). Pero nuestra debilidad es tan grande que la sublimidad de este ejemplo nos desaliento fácilmente. Por eso la divina Providencia nos ha propuesto otro ejemplar o modelo que, estando tan cerca de Cristo como es posible a la humana naturaleza, se adapte mejor a nuestra miseria y pobreza. Y éste no es otro que la Virgen Madre de Dios.»
Sin embargo, aunque es verdad que el auténtico culto de la Virgen no se pude concebir sin un cierto propósito o deseo de imitarla, no debe concluirse que los pecadores que gimen bajo el peso de su miseria no pueden ni deben invocarla.
Al contrario, son ellos los que más necesitan recurrir a María, para salir del triste estado en que se encuentran. María no sólo es modelo sublime de todas las virtudes, sino también Abogada y Refugio de pecadores. Por consiguiente, en vez de alejar a los pobres pecadores del culto de la Virgen —bajo el pretexto de que no imitan sus virtudes—, es necesario alentarles y empujarles hacia Ella. Como explica el Doctor Angélico, aunque el pecador, mientras permenezca desposeído de la gracia de Dios, no puede merecer nada delante de Dios, puede, no obstante, impetrar de la misericordia de Dios las gracias necesarias para su conversión y salvación, si las pide con piedad y perseverancia, sobre todo si pone por intercesora ante la divina clemencia a la dulcísima abogada de la humanidad. En este sentido escribió San Bernardo su bellísima oración «Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!…», que a tantos pobres pecadores ha salvado.
Estos son los principales actos o elementos constitutivos de la verdadera devoción a María: veneración, amor, gratitud, invocación e imitación. Veamos ahora las características principales que ha de revestir, en cualquier caso, la auténtica y verdadera devoción a María.
3.° La verdadera devoción a María ha de ser interior, tierna, santa, constante y desinteresada
Son las cinco condiciones que señala y expone San Luis María Grignion de Montfort en su admirable Tratado de la verdadera devoción a María.
Trasladamos íntegramente sus propias palabras:
a) Devoción interior
Ante todo, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es interior, esto es, nace del espíritu y del corazón; y proviene de la estima que se hace de la Santísima Virgen, de la alta idea que uno se forma de su grandeza y de amor que se le profesa.
b) Devoción tierna
En segundo lugar, es tierna, es decir, llena de confianza en la Santísima Virgen, como la del niño en su cariñosa madre. Ella hace que el alma recurra a María en todas sus necesidades de cuerpo y de espíritu, con mucha sencillez, confianza y ternura; que implore la ayuda de su celestial Madre en todos los tiempos, en todos los lugares y en todas las cosas: en sus dudas, para ser en ellas esclarecida; en sus extravíos, para volver al buen camino; en sus tentaciones, para que María la sostenga; en sus debilidades, para que la fortifique, en sus caídas, para que la levante; en sus desalientos, para que le infunda ánimo; en sus escrúpulos, para que la libre de ellos; en sus cruces, trabajos y contratiempos de la vida, para que la consuele. Por último, en todos sus males de cuerpo y espíritu, María es su ordinario recurso, sin temor de importunar a esta tierna Madre y desagradar a Jesucristo.
c) Devoción santa
En tercer lugar, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es santa, esto es, hace que el alma evite el pecado e imite las virtudes de la Santísima Virgen; pero de un modo particular su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega, su oración continua, su mortificación total, su pureza divina, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura angelical y su sabiduría divina, que son las diez principales virtudes de la Santísima Virgen.
d) Devoción constante
En cuarto lugar, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es constante; consolida al alma en el bien y hace que no abandone fácilmente sus prácticas de devoción; le da ánimo para que se oponga al mundo en sus modas y en sus máximas; a la carne, en sus tedios y embates de sus pasiones, y al diablo en sus tentaciones; de modo que una persona verdaderamente devota de la Virgen no es inconstante, melancólica, escrupulosa ni tímida. No quiere esto decir que no caiga ni experimente algún cambio en lo sensible de su
devoción; sino que, si cae, se vuelve a levantar tendiendo la mano a su bondadosa Madre, y, si carece de gusto y de devoción sensible, no se desazona por ello; porque el justo y el devoto fiel de María vive de la fe de Jesús y de María y no de los sentimientos del cuerpo.
e) Devoción desinteresada
Finalmente, la verdadera devoción a la Santísima Virgen es desinteresada, es decir, que inspira al alma que no se busque a sí propia, sino sólo a
Dios en su santísima madre. El verdadero devoto de María no sirve a esta augusta. Reina por espíritu de lucro o de interés, ni por su bien, ya temporal, ya eterno, del cuerpo o del alma, sino únicamente porque Ella merece ser servida, y Dios solo en Ella. Si ama a María, no es por los favores que ésta le concede o por los que de Ella espera recibir, sino únicamente porque Ella es amable.
He aquí por qué la ama y la sirve con la misma fidelidad en sus contratiempos y sequedades que en las dulzuras y fervores sensibles; e igual amor le profesa en el Calvario que en las bodas de Cana.
¡Ah, cuan agradable y precioso a los ojos de Dios y de su Santísima Madre ha de ser el devoto de María que no se busca a sí mismo en ninguno de
los servicios que le presta! Pero ¡cuan raro hoy en día es dar con un devoto así!»
Por Fray Antonio Royo Marín
