Sólo la gloria de Dios permanece

Sólo la gloria de Dios permanece

21 de abril de 2026 Desactivado Por Gospa Chile

«Oro de manera especial por los pastores: para que sean dignos representantes de Mi Hijo y os conduzcan con amor por el camino de la verdad…» (Mensaje, 2 de Septiembre de 2011)

Semana de Oración por las vocaciones


Oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas

Señor Nuestro Jesucristo, Tú dijiste a tus Apóstoles: «la mies es mucha pero los obreros pocos; rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su campo». Humildemente te suplicamos que envíes a tu Iglesia numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas. Te lo pedimos por la intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, y por la de nuestros Santos Patronos y Protectores, que con su vida y merecimientos santificaron nuestro suelo. Amén.


Mensaje, 2 de septiembre de 2011

“Queridos hijos, con todo el corazón y con el alma llena de fe y de amor hacia el Padre Celestial, os he entregado ―y os entrego nuevamente― a Mi Hijo. Mi Hijo, a vosotros ―pueblo de todo el mundo― os ha hecho conocer al único Dios verdadero y Su amor. Os ha conducido por el camino de la verdad y os ha hecho hermanos y hermanas. Por lo tanto, hijos míos, no deambuléis inútilmente, no cerréis el corazón ante esta verdad, esperanza y amor. Todo alrededor vuestro es pasajero y todo se desmorona, sólo la gloria de Dios permanece. Por eso, renunciad a cuanto os aleja del Señor. Adoradlo sólo a Él porque Él es el único Dios verdadero. Yo estoy con vosotros y permaneceré junto a vosotros. Oro de manera especial por los pastores: para que sean dignos representantes de Mi Hijo y os conduzcan con amor por el camino de la verdad. ¡Os doy las gracias!”


San Juan Pablo II:

«Debemos tomar el «cáliz de la salvación».

«Somos necesarios a los hombres, somos inmensamente necesarios, y no a medio servicio ni a medio tiempo, como si fuéramos, unos «empleados».
Somos necesarios como el que da testimonio, y despertamos en los otros la necesidad de dar testimonio. Y si alguna vez puede parecer que no somos necesarios, quiere decir que debemos comenzar a dar un testimonio más claro, y entonces nos percataremos de lo mucho que el mundo de hoy necesita de nuestro testimonio sacerdotal, de nuestro servicio, de nuestro sacerdocio.
Debemos dar y ofrecer a los hombres de nuestro tiempo, a nuestros fieles…, este testimonio con toda nuestra existencia humana, con todo nuestro ser.
El testimonio sacerdotal, el tuyo, queridísimo hermano sacerdote, y el mío, comprometen a toda nuestra persona. Sí, de hecho el Señor parece decirnos:
«Tengo necesidad de tus manos para seguir bendiciendo, / tengo necesidad de tus labios para seguir hablando, / tengo necesidad de tu cuerpo para seguir sufriendo. / Tengo necesidad de tu corazón para seguir amando, / tengo necesidad de ti para seguir salvando». (Michel Quoist, Plegarias).
No nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio si tratamos de «diluir» nuestro carisma sacerdotal a través de un interés exagerado hacia el amplío campo de los problemas temporales, si deseamos «laicizar» nuestra manera de vivir y actuar, si cancelamos hasta los signos externos de nuestra vocación sacerdotal. Debemos mantener el significado de nuestra vocación singular, y tal «singularidad» se debe manifestar también en nuestra forma de vestir. ¡No nos avergoncemos de ello!
Sí, estamos en el mundo, ¡pero no somos del mundo!» (Discurso al Clero 9-XI-1978)


Somos débiles e imperfectos

De Dom Columba Marmión, O.S.B. Jesucristo, ideal del sacerdote:

«A pesar de lo sublime de nuestra vocación, somos débiles e imperfectos y somos frecuentemente zarandeados por las tentaciones. Para poder perseverar en el bien, la oración es indispensable a todos y algunos necesitan recurrir a ella casi a cada instante.
El permanecer firme hasta el último suspiro «es un don luminoso del Padre»: Descendens a Patre luminum (Jac., I, 17), que nuestras buenas obras no pueden merecerlo estrictamente de condigno.
Pero podemos esperar confiadamente obtenerlo de la divina bondad si lo pedimos con humildad y con perseverancia, procurando guardar fidelidad a Dios. «Este gran don»: Magnum illud usque in finem perseverantiæ donum, como le llama el Concilio de Trento [Sess. VI, can. 16], no nos exime de la posibilidad de pecar ni de ser tentados; pero nos proporciona una ayuda providencial y una serie de gracias que inclina a nuestra voluntad a obrar bien hasta el fin de la vida. De esta suerte, toda la trama de la existencia del cristiano se encuentra como rodeada de misericordia hasta su último término [Summa Theol., III, q. 114, a. 9].
Como mendigos que llaman incesantemente a la puerta del cielo, debemos estar siempre exponiéndole nuestras miserias. Tal era la conducta de los santos. Hay una nota común a todos ellos: la constancia en buscar a Dios y en procurar hacer siempre su voluntad. Una vez que se consagraron a Dios, perseveraron hasta el fin de su vida con una fidelidad admirable en esta entrega que hicieron de sus personas. En la liturgia de los confesores, la Iglesia dice de ellos que tenían su voluntad anclada en Dios: Voluntas ejus permanet die ac nocte.
¿Dónde está el secreto de esta inquebrantable firmeza en la unión con Dios? En el incesante recurso a la oración, cosa que está al alcance de todos.
No podemos aducir como excusa que nuestras pasiones son demasiado vivas o que nuestras tentaciones son demasiado fuertes. Virtus in infirmitate perficitur (II Cor., XII, 9). Mirad el ejemplo de San Pablo, el cual, aunque había sido transportado al tercer cielo, reconocía, sin embargo, sus miserias y gemía angustiosamente. Pero en lugar de dejarse llevar del desaliento, exclamaba en un trasporte de admirable confianza: Libenter igitur gloriabor in infirmitatibus meis ut inhabitet in me virtus Christi: «Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mí la fuerza de Cristo» (Ibid., 10). También juegan en nosotros un papel providencial las tentaciones que nos combaten y las mismas faltas en que caemos. En vez de abatirnos, debemos servirnos de ellas para convencernos de que nuestras almas, aunque estén adornadas con los tesoros de la gracia, continúan siendo «vasos frágiles» (Ibid., IV, 7).
Nuestras miserias nos enseñarán a orar con humildad y confianza y nos preservarán del orgullo y de la presunción. El Apóstol nos dice que, si Dios las permite, es «para que nadie pueda gloriarse ante Dios»: Ut non glorietur omnis caro in conspectu ejus (I Cor., I, 29).»


Ofrecimiento diario de sí mismo por las vocaciones sacerdotales

Oh Jesús, Salvador mío, Tú que confiaste a los sacerdotes, -y solamente a ellos-, el poder de celebrar la Eucaristía, fin principal de su ordenación sacerdotal, perdonar los pecados, administrar otros Sacramentos, predicar con autoridad la Palabra de Dios y dirigir a los demás fieles a mirar y a subir hacia Ti, por medio de tu Santísima Madre, te ofrezco para la santificación de los sacerdotes y seminaristas, durante este día, todas mis oraciones, trabajos y alegrías, mis sacrificios y sufrimientos. Danos, Señor, sacerdotes verdaderamente santos que, inflamados del fuego de Tu amor, no procuren otra cosa que Tu gloria y la salvación de aquellos a los que Tú encomendaste. Amén.


Voy a rezar en particular por esos muchachos que conozco, que tal vez puedan recibir la vocación sacerdotal, y responder a la llamada de Dios: Mira Jesús, tu Iglesia y el mundo necesitan hombres generosos que se entreguen a Ti para ser apóstoles tuyos. Elige a los que quieras; llama y da la valentía de dejarlo todo y seguirte para ser sembradores de tu doctrina de amor y portadores de tu salvación. Amén.