La intriga del insensato es el pecado (Prov. 24, 9)

La intriga del insensato es el pecado (Prov. 24, 9)

27 de febrero de 2024 0 Por Gospa Chile

Sólo encuentra bien hecho o bien dicho lo que el hace o lo que el dice; le veréis siempre atento a las palabras y acciones del vecino…


«No dejarse intimidar por las murmuraciones de las opiniones dominantes», así como la bondad para no rendirse ante la ingratitud. Benedicto XVI


Todo ser humano tiene derecho a su buena fama, pues nadie ha de ser tenido por malo hasta que sea evidente que lo es. Por eso la injusta difamación de una persona es un pecado contra la estricta justicia, y obliga, en conciencia, a restituir».

En materia de murmuración es posible llegar a pecado grave si se quita la fama, aunque las cosas que se dicen sean verdaderas, si son graves y no son públicas; a no ser que haya causa que lo justifique, como sería evitar un daño grave que arriergue la integridad de la vida o la salvación.
Además, muchas veces, después, no se puede restituir bien la fama que se ha quitado.
Pasa como cuando se derrama un cubo de agua, que nunca se puede recoger de nuevo toda el agua.
Quien con sus preguntas, interés, etc., induce eficazmente a otro para que difame injustamente al prójimo, peca, grave o levemente, contra la justicia, según la gravedad de lo que se diga.
Quien al oírlo se alegra, peca contra la caridad. Quien pudiendo impedirlo, no lo hace, peca.
Se puede mostrar desagrado guardando silencio, no prestando atención, e incluso defendiendo o excusando al prójimo, si esto no es contraproducente.

Dice San Bernardo: «La lengua es una lanza que de un solo golpe atraviesa tres personas: la que murmura, la que escucha y aquella de quien se murmura»59 .
Hay personas que tienen el mal gusto de estar siempre revolviendo los defectos de los demás: se parecen a los escarabajos peloteros.

En la doctrina del Doctor Común, Santo Tomás de Aquino, se afirma que la intriga o la murmuración es una: Denigratio injusta alienae famae per occulta verba. La última partícula denota la distinción que hay entre la detracción y la contumelia; pues ésta se comete a la presencia, y aquélla en ausencia del ofendido, y si alguna vez aun la murmuración se hace a la presencia del sujeto, añadiendo a ella la contumelia, es esto per accidens. La murmuración es de su naturaleza culpa grave, como opuesta a la caridad. Puede ser de dos maneras, esto es; material y formal. Ésta se hace con intento de infamar al prójimo, y aquélla sin este ánimo; y así en la formal siempre hay culpa, y la material puede verificarse sin ella. La calumnia, afín a las detracciones es: Falsi criminis vel defectus impositio. Por esto es el peor modo de murmurar, como nota S. Tom. q. 73, art. 1 y 2.

Dice el Santo Cura de Ars: «Tal es el lenguaje del orgulloso, el cual, hinchado con la buena opinión que de si mismo tiene, desprecia con el pensamiento al prójimo, critica su conducta y condena los actos realizados con la más pura e inocente intención. Sólo encuentra bien hecho o bien dicho lo que el hace o lo que el dice; le veréis siempre atento a las palabras y acciones del vecino, y, a la menor apariencia de mal, sin examinar motivo alguno, las reprende, las juzga y las condena. ¡Ah!, maldito pecado, de cuántas disensiones, odios y disputas eres causa, o menor dicho, cuántas almas arrastras al infierno!. Si, vemos que los que están dominados por este pecado se escandalizan y se extrañan de cualquier cosa. Preciso era que Jesús lo juzgase muy pernicioso, preciso es que los estragos que causa en el mundo sean horribles, cuando, para hacernos concebir grande horror al mismo, nos lo pinta tan a lo vivo en la persona de aquel fariseo. ¡Cuan grandes, cuan horribles son los males que ese maldito pecado encierra!. ¡Cuan costoso le es corregirse al que esta dominado por él!..
… Solamente puede proceder de un corazón malvado, lleno de orgullo o de envidia; puesto que un buen cristiano, penetrado cómo esta de su miseria, no piensa ni juzga mal de nadie; jamás aventura su juicio sin un conocimiento cierto, y eso todavía cuando los deberes de su cargo le obligan a velar sabré las personas cuyos actos juzga. Hemos dicho que los juicios temerarios nacen de un corazón orgulloso o envidioso, lo cual es fácil de comprender. El orgulloso o el envidioso sólo tiene buena opinión de si mismo, y echa a mala parte cuanto hace el prójimo; lo bueno que en el prójimo observa, le aflige y le corroe el alma, La Sagrada Escritura por presenta un caso típico en la persona de Caín, Quién tomaba a mal cuanto hacia su hermano (Gen., IV, 5.). Viendo que las obras de este eran agradables a Dios, concibió el negro propósito de matarle. Este mismo pecado fue el que llevo a Esaú a intentar el asesinato de su hermano Jacob (Id., XXVII, 41.). Empleaba todo el tiempo en indagar lo que Jacob hacia, pensaba siempre mal en su corazón, sin que hallase nunca acción buena en las obras por aquel ejecutadas. Más Jacob, de corazón bondadoso y espíritu humilde, nunca juzgo mal de su hermano; le amaba entrañablemente, tenía de el muy buena opinión, hasta el punto de excusa de todos sus actor, aunque muy malvados, pues no tenía otro pensamiento que el de quitarle la vida. Jacob hacia todo lo posible para cambiar las disposiciones del corazón de su hermano. Rogaba a Dios por el, obsequiabale con regalos y presentes para manifestarle su amor y darle a entender que no abrigaba los pensamientos que Esaú creía. i Ay!, i cuan detestable es en un cristiano el pecado que nos induce a no poder sufrir el bien de los demás y a echar siempre a mala parte cuanto ellos hacen. !Este pecado es un gusano roedor que esta devorando noche y día a esos pobres infelices: los hallareis siempre tristes, cariacontecidos, sin querer declarar jamás lo que los molesta, pues en ello verían también lastimado su orgullo; el tal pecado los hace morir a fuego lento. ¡Dios mío!, ¡cuan triste es su vida!. Por el contrario, cuan dichosa es la existencia de aquellos que jamás se inclinan a pensar mal y echan siempre a buena parte las acciones del prójimo! Su alma permanece en paz, sólo piensan mal de sí propios, lo cual les inclina a humillarse delante de Dios y a esperar en su misericordia.»

Las envidias y las murmuración destruyen a nuestras comunidades, dijo enfático el Papa Francisco en la homilía el 23 de Enero, 2014.

En una homilía el Papa partió de la lectura del día que habla de la victoria de los israelitas sobre los filisteos gracias a la valentía del joven David (1 Samuel 4,8). La alegría de la victoria se transforma enseguida en la tristeza y en los celos del rey Saúl ante las mujeres que alaban a David por haber matado a Goliat. Entonces “esa gran victoria, afirma Papa Francisco, comienza a convertirse en derrota en el corazón del rey” en el que se insinúa, como sucede a Caín, “el gusano de los celos y de la envidia”. Y como Caín con Abel, el rey decide asesinar a David.

“Así funcionan los celos en nuestros corazones, observa el Papa, es una inquietud mala, que no tolera que un hermano o una hermana tenga cualquier cosa que yo no tengo”. Saúl, “en vez de alabar a Dios, como hacían las mujeres de Israel, por esta victoria, prefiere encerrarse en sí mismo, amargarse” y “cocinar sus sentimientos en el caldo de la amargura”.

“La envidia lleva a asesinar. La envidia lleva al asesinato. Ha sido esta puerta, al puerta de la envidia, por la que el diablo ha entrado en el mundo. La Biblia dice: ‘Por la envidia del diablo entro en el mal en el mundo’. La envidia y los celos abren las puertas a todas las cosas malas. También divide la comunidad. Una comunidad cristiana, cuando sufre, algunos de sus miembros, de envidia, de celos, termina dividida: unos contra los otros. Es un veneno fuerte este. Es un veneno que encontramos en la primera página de la Biblia con Caín”.

En el corazón de una persona golpeada por los celos y la envidia, destaca el Papa, suceden “dos cosas clarísimas”. La primera cosa es la amargura: “La persona envidiosa, la persona celosa es una persona amarga: no sabe cantar, no sabe alabar, no sabe lo que es la alegría, siempre se fija ‘en lo que tiene aquel que yo no tengo’. Y esto lo lleva a la amargura, una amargura que se traslada a toda la comunidad. Estos son los sembradores de amargura, y el segundo comportamiento, que lleva a los celos y la envidia, son las murmuraciones. Porque este no tolera que el otro tenga algo, la solución es humillarlo, para que yo esté un poco más alto. Y el instrumento son las murmuraciones. Busca siempre y te darás cuenta de que detrás de una murmuración están los celos y la envidia. Los cotilleos dividen a la comunidad, destruyen a la comunidad, son las armas del diablo”.

“Cuantas bellas comunidades cristianas”, exclamó el Papa, iban bien, pero después en uno de los miembros ha entrado el gusano de la envidia y de los celos y, con esto, la tristeza, el resentimiento del corazón y las murmuraciones. “Una persona que está bajo la influencia de la envidia y de los celos, afirma, mata”, como dice el apóstol Juan: “Quien odia a su hermano es un homicida”. Y “el envidioso, el celoso, comienza a odiar al hermano”.

Por tanto concluye: “Hoy, en esta Misa, recemos por nuestras comunidades cristianas, para que esta semilla de la envidia no sea sembrada entre nosotros, para que la envidia no ocupe un lugar en nuestro corazón, en el corazón de nuestras comunidades y así podamos seguir adelante en la alabanza al Señor, alabando al Señor, con la alegría. Es una gracia grande, la gracia de no caer en la tristeza, en el resentimiento, en los celos y la envidia”.

«Leemos en la vida de San Pacomio que, cuando oía a alguien hablar mal del prójimo, manifestaba una gran repugnancia y extrañeza, y decía que de la boca de un cristiano jamás debían salir palabras desfavorables papa el prójimo. Si no podía impedir la murmuración, huía precipitadamente, para manifestar con ello la aversión que por ella sentía (Vida de los Padres del desierto, t. I, p. 327.). San Juan el Limosnero, cuando observaba que alguno se atrevía a murmurar en su presencia, daba la orden de que otro día no se le franquease la entrada, para hacerle entender que debía corregirse. Decía un día un santo solitario a San Pacomio: «Padre mío, ¿cómo librarnos de hablar mal del prójimo?» Y San Pacomio le contestó: «Debemos tener siempre ante nuestra vista el retrato del prójimo y el nuestro: si contemplamos con atención el nuestro, con los defectos que le acompañan, tendremos la seguridad de apreciar debidamente el de nuestro prójimo para no hablar mal de su persona; al verlo más perfecto que el nuestro, a lo menos le amaremos cómo a nosotros mismos». San Agustín, cuando era ya obispo, sentía un horror tal de la maledicencia y del murmurador que, a fin de desarraigar una costumbre tan indigna de todo cristiano, en una de las paredes de su comedor hizo inscribir estas palabras: «Quienquiera que este inclinado a dañar la fama del prójimo, sepa que no tiene asiento en esta mesa»» (San Juan María Vianney)