Os invito a que la vida de vuestra alma sea la Eucaristía.

Os invito a que la vida de vuestra alma sea la Eucaristía.

4 de abril de 2024 0 Por Padre Patricio

El sacerdocio en los brazos de la Reina de la Paz

por Padre Patricio Romero


El sacerdocio, en todos sus grados, y por consiguiente tanto en los obispos como en los presbíteros, es una participación del sacerdocio de Cristo que, según la carta a los Hebreos, es el único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza, que se ofreció a si mismo de una vez para siempre con un sacrificio de valor infinito, que permanece inmutable y perenne en el centro de la economía de la salvación (cf. Hb 7, 24.28). (San Juan Pablo II, 31-03-93) A éstos les confirió el sacramento del orden para constituirlos oficialmente sacerdotes que obran en su nombre y con su poder, ofreciendo el sacrificio y perdonando los pecados.

El sacerdocio es, un realidad esencial en la Iglesia, en la vida cristiana y en el escuela espiritual de la Reina de la Paz.

“…Os invito a que la vida de vuestra alma sea la Eucaristía. Os invito a ser mis apóstoles de luz, que en el mundo difundiréis el amor y la misericordia…, yo le pido a mi Hijo que, a través del amor, os conceda la unión por medio de Él, la unidad entre vosotros, la unidad entre vosotros y vuestros pastores. Mi Hijo siempre se da de nuevo por medio de ellos y renueva vuestra alma. Eso no lo olvidéis…” (Mensaje, 2 de Agosto, 2014).

El sacerdocio se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza» (n. 2; cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1563).

El presbítero es ontológicamente partícipe del sacerdocio de Cristo, verdaderamente consagrado, hombre de lo sagrado, entregado como Cristo al culto que se eleva hacia el Padre y a la misión evangelizadora con que difunde y distribuye las cosas sagradas la verdad, la gracia de Dios. a sus hermanos. ésta es su verdadera identidad sacerdotal; y ésta es la exigencia esencial del ministerio sacerdotal también en el mundo de hoy.

Pero hay un encuentro sublime ineludible, entre dos personas, en cada Eucaristía. entre María y el Sacerdote, y aunque él la ignore, la presencia de Ella es siempre una realidad, un don y una condición propia del Sacrificio del Calvario y del misterio pascual.

“Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia” (Ecclesia de Eucharistia, n. 53).

“…En la Eucaristía mi Hijo se os da…, y con Su ejemplo os muestra el amor y el sacrificio por el prójimo…” (Mensaje, 2 de Abril, 2015)

En este “memorial” del Calvario está presente todo lo que Cristo ha llevado a cabo en su Pasión y muerte. “Por tanto, no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro” (ídem 57). En cada celebración de la Santa Misa volvemos a escuchar aquel “¡He aquí a tu hijo!” del Hijo a su Madre, mientras nos dice a nosotros “¡He aquí a tu Madre!” (Jn19,26.27). (Oficina Litúrgica Santa Sede).

El Altar, el Sacerdocio y la Ofrenda, tienen una relación directa con María: se trata de Cristo, su Hijo y su Señor.

La Sangre derramada y el Cuerpo fraccionado en el Calvario, fue concebido y gestado virginalmente en María, y es fruto de sus entrañas. De ahí que le dijera Santa Isabel: “bendito es el fruto de tu vientre”. Y de un modo más sublime, del que lo dijo en viejo Adán (Génesis 2, 23), puede decirlo la Nueva Eva, por don y designio Divino, de la persona que es elevada en la Consagración: “es Carne de mi carne y Sangre de mi sangre.”

Sacrificio, sacerdocio y Encarnación van unidos, y María se encuentra en el centro de este misterio” (Benedicto XVI, 12-VIII-2009).

“Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre” (Benedicto XVI, 12-VIII-2009).

“El amor revive siempre y de nuevo, el dolor y el gozo de la Eucaristía, revive el dolor de la Pasión de mi Hijo, con la cual Él os ha mostrado lo que significa amar inmensamente; revive el gozo de haberos dejado Su Cuerpo y Su Sangre para nutriros de sí mismo y ser así uno con vosotros…” (Mensaje, 2 de Julio, 2015).

María “cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz”. Y este cuidado lo demuestra especialmente por los sacerdotes. “De hecho, son dos las razones de la predilección que María siente por ellos: porque se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón, y porque también ellos, como Ella, están comprometidos en la misión de proclamar, testimoniar y dar a Cristo al mundo” (Lumen Gentium 62). Así se explica que el Concilio Vaticano II afirme: “veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio” (Presbyterorum ordinis n. 18).

“Cuando os bendice un sacerdote, os bendice mi Hijo” (Mensaje, 2 de Junio, 2007).

Al mostrarnos la Reina de la Paz, cual es el valor y la misión del Sacerdocio, nos permite reconocer la grave de necesidad de ayudar a las almas consagradas, religiosas y sacerdotes, mediante la oración, el sacrificio y la penitencia, por las heridas producidas por las faltas de los sacerdotes y religiosas.

“Orad por aquellos que Mi Hijo ha elegido: para que puedan vivir siempre según Él y en Él, el Sumo Sacerdote”. (Mensaje 2 de Marzo, 2012).

Lo primero que se le pide a un sacerdote es la santidad en su vida. Además se le exige ciencia divina y humana y el conocimiento de todo lo que tiene valor espiritual. (San Alberto Hurtado).

La Santidad de vida no solo es una exigencia para la alegría y realización verdadera del Sacerdote, puesto que un ministerio sacerdotal vivido en el abandono del pecado, sin temor de Dios, en la idolatría del poder, tener y placer, o el narcisismo de la exaltación del propio “yo”, al final termina en amargura, mentira y escándalo. Es también, la santidad sacerdotal, un derecho para los fieles, para los cercanos y para la misma familia de la que proviene quien es llamado a la vocación sacerdotal. “Cuando un consagrado, una consagrada, un sacerdote se olvida de Cristo crucificado, pobrecito, cayó en un pecado muy feo, un pecado que le da asco a Dios, que hace vomitar a Dios, el pecado de la tibieza” (Papa Francisco, 26 de Noviembre, 2015).

Mucho más grave es cuando el sacerdote, no solo renuncia al sentido profundo de su vocación, y a una conducta sagrada y coherente con el Evangelio, sino que también abandona la comprensión del cosmos, del ser humano y de la historia, según la veraz perspectiva de la Revelación y de la ley inscrita por Dios en la Naturaleza. Profana el sacerdote su conciencia y el tabernáculo de la inteligencia, cuando se deja instrumentalizar por doctrinas que son contradictorias y opuestas a la claridad de las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia. Cuando no solo se abandonan los consejos evangélicos, sino que se defienden y abrazan conductas que la misma Sagrada Escritura condena; así se atenta contra el mismo fundamento de su misión: la pertenencia y consagración a Cristo, que es camino, verdad y vida.

La cercanía auténtica y filial del sacerdote a María, le hace reconocer, ante el ejemplo maternal de la Madre del Redentor, el sentido de su vocación: el esplendor y la grandeza de la modestia de “servir”. “Dejarse elegir por Jesús es dejarse elegir para servir. No para hacerse servir” (Papa Francisco, 26 de Noviembre, 2015).

Ante la pregunta de Marija, el 25 de Junio de 1985, la Gospa respondió con la claridad y diligencia de un Corazón maternal que se dirige a quienes le pertenecen con propiedad:

“Querida Gospa, qué quisieras decirles a los sacerdotes?” y la Virgen contestó:

“Ustedes, los sacerdotes, recen el Rosario, concedan tiempo al rezo del Rosario.

La respuesta del Corazón de María es la respuesta de Madre, ante la inminencia de tiempos extremadamente complejos, donde solo el auxilio sobrenatural puede contener un corazón sacerdotal. Es que por medio del Rosario, se recorre con la oración los misterios de la Vida de Cristo y la Iglesia. Es vivir por medio del Rosario los misterios de la fe y recorrer el plan de redención, en Cristo Salvador. Se trata de un verdadero “reencuentro con la propia identidad sacerdotal”. En la cercanía del Corazón de María, en el rezo del Rosario., el sacerdote recorre y contempla, con el fervor del corazón, lo que aprendió de facultades y enciclopedias. Por eso Ella insiste con dulzura: “Mediante el rosario abran su corazón y así los puedo ayudar.” (25 de Agosto, 1997).

Solo un Corazón Materno puede dar lecciones de vida a un hijo abrumado en medio del dolor, porque la Madre fue la primera en percibir el palpitar del fruto de su vientre, así también es María la primera en conocer la vitalidad y la realidad interior del Corazón Sacerdotal.

María y sus lágrimas derramadas, por las heridas de la Iglesia y la iniquidad de sus miembros, nos auxilian y sostienen, para que no sucumbamos ante la tentación farisaica de la suficiencia y la vanidad espiritual, o la torpeza de abandonar el camino de la santidad y desestimar la abnegación por el reino del Señor.

Recuerda el Papa Francisco a los sacerdotes: “¿Ustedes se acuerdan en el Evangelio cuando lloró el apóstol Santiago? ¿Y cuándo lloró el apóstol Juan? ¿Y cuándo lloró algún otro apóstol? Uno solo, nos dice el Evangelio que lloró, el que se dio cuenta que era pecador. Tan pecador era que había traicionado a su Señor. Y cuando se dio cuenta de eso, lloró”, y “después Jesús lo hizo Papa. ¿Quién entiende a Jesús? Un misterio”. “Nunca dejen de llorar”, pues “cuando a un sacerdote, a un religioso, religiosa, se le secan las lágrimas, algo no funciona”. (26 de Noviembre, 2015).

El que se eleva termina abajado por sus propias debilidades. El que se humilla, con el don de lágrimas, conmovido por las lágrimas Santas de la Madre del Sacerdocio, vivirá contenido y sostenido en los mismos brazos que sostuvieron en la infancia o en el Calvario, al Sumo y Eterno Sacerdote.

Por eso el sacerdote necesita de la cercanía maternal de María, como auxilio y fortaleza en medio de crisis y adversidades: “Aceptad la misión y no temáis: os haré fuertes. Os llenaré de mis gracias. Con mi amor os protegeré del espíritu del mal. Estaré con vosotros. Con mi presencia os consolaré en los momentos difíciles…” (2 de Septiembre del 2012).

La escuela de amor de María nos ayuda a reconocer, desde la verdad de la “Comunión de los Santos”, que en todos los bautizados hay un grado de responsabilidad, en la fidelidad, santidad y frutos de los miembros de la Iglesia, tal como lo explica san Pablo, cuando dice: «para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros» (1 Co 12, 25), es verdad que «…los miembros del cuerpo que tenemos por más débiles, son indispensables»(1 Co 12, 22). Incluso el Apóstol llega a decir que «somos miembros los unos de los otros» (Rm 12, 5) y que «si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo» (1 Co 12, 26).

De estas divinas lecciones, de las epístolas paulinas, se desprende la súplica materna de nuestra Madre, cuando nos pide de “manera especial” orar “por los sacerdotes y por todos los consagrados, para que amen con más fervor a Jesús, para que el Espíritu Santo llene sus corazones de gozo; para que testimonien el Cielo y los misterios celestiales”. (25 de Septiembre, 2017).

Pero con cuanta fuerza interior, desde el dolor de la herida de la espada que le traspasa, y su entrañable amor de Mamá por cada miembro del estado clerical, también exclama la Reina de la Paz: “Mi corazón materno está triste mientras está buscando el amor en vuestros corazones”, ofreciendo a la vez, el remedio y camino de renovación de las promesas bautismales y sacerdotales: “Consagradme vuestros corazones y yo os guiaré. Os enseñaré a perdonar, a amar al enemigo y a vivir según mi Hijo. No tengáis miedo por vosotros mismos. Mi Hijo no olvida, en las desgracias, a aquellos que aman. Yo estaré con vosotros. Oraré al Padre Celestial que os ilumine con la luz de la eterna verdad y del amor… (2 de Febrero, 2013).